Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    07.04.2011

    Fukushima, un llamado de atención

    Casi como un pequeño Apocalipsis vivimos hoy entre los recuerdos y consecuencias de nuestro terremoto, el dantesco terremoto y tsunami de Japón, los conflictos bélicos de los países islámicos y otros conflictos no menores que los anteriores, pero cuyos intereses occidentales no alcanzan para que sean informados. Y es en este sombrío escenario que se anuncia una nueva crisis nuclear como la de Chernóbil en 1986 en el mediano plazo.

    Podemos preguntar con un prudente interés por cuáles serán las consecuencias para el resto del mundo y para nosotros los chilenos, pero cualquier respuesta sería aún prematura. Digo prematura porque un desastre nuclear como éste es silencioso, pues la radiación no muestra señales evidentes de su presencia. Además, sus consecuencias pueden extenderse a través de muchos años; lo que está ocurriendo en este minuto en Japón a diecisiete mil kilómetros de distancia, mostrará sus reales consecuencias en los próximos meses, años y décadas, mediante la lenta acumulación de radiación en el organismo originada por el consumo de alimentos y agua contaminados.

    Tokio se ubica a doscientos cuarenta kilómetros de Fukushima. Pese a la distancia, ya han sido contaminados los alimentos y agua potable de la gran metrópoli de treinta y cinco millones de habitantes, el doble que Chile entero. La radiación es menos nociva cuando está fuera del organismo, pero una vez en su interior, su peligrosidad aumenta cientos de veces, y los alimentos son el vehículo perfecto para llevarla hasta allí. Japón ha sido responsable reteniendo los despachos de exportaciones de alimentos producidos cerca de la emergencia, pues se encontraron partículas de polvo radiactivas en las hojas de las hortalizas, lo que significa que en solo días llegará a la tierra y a todos los cultivos, al pasto de los ganados a la leche y a la carne.

    Ahora bien, las partículas radiactivas cuando llegan al interior del organismo, se acumulan en el hígado, la médula ósea e intestinos, desde donde pueden permanecer causando daño a los tejidos contiguos durante mucho tiempo. Este daño consiste en que la radiación emitida es capaz de modificar moléculas como el ADN de los tejidos, causando una pequeña mutación que se va multiplicando a medida que el tejido se renueva, hasta llegar a constituir un tumor, es decir, cáncer. Por este motivo la exposición a la radiación afecta mucho más a los bebés y los niños, pues sus tejidos están en pleno desarrollo, sus células se están multiplicando a un ritmo vertiginoso y por tanto cualquier mutación se verá replicada decenas de veces en tan solo días, a diferencia de los adultos cuyos tejidos se renuevan lentamente, lo que retarda los efectos de la radiación en meses o años. De este modo, la actual emergencia de Fukushima seguramente cambiará de nombre en el futuro, siendo recordada como “el desastre de Fukushima”.

    Y qué hay de Chile; en nuestro país existen dos reactores nucleares de tipo experimental; La Reina y Lo Aguirre, que según las autoridades nunca han tenido ningún tipo de problema. No obstante, existe una demanda contra el Estado chileno y contra la comisión chilena de energía nuclear por daños a la salud entablada por sesenta y cuatro ex conscriptos de Curicó, que se cuentan entre los dos mil quinientos que realizaron labores de guardia en la década de los ochenta en el reactor de La Reina. De entre los ex conscriptos que estuvieron de guardia en aquellos años, se ha observado una incidencia mucho mayor que el promedio nacional de cáncer y leucemia e hijos con malformaciones genéticas,  y también varios de ellos han fallecido de dichas enfermedades. Además se está llevando a cabo una investigación por robo de material radiactivo desde las centrales, la cual habría sido perpetrada por algunos de sus propios funcionarios.

    Todos recordamos además el triste caso de la barra de Iridio que se encontró “tirada en el suelo” de los patios de la planta de celulosa Nueva Aldea, y que los trabajadores manipularon con graves consecuencias para su salud. Y para colmo, el viernes 1 de abril recién pasado el pequeño Raúl Maluenda, de 10 años, salió de su escuela y subió a una micro, en cuyo asiento encontró una ampolla de material radiactivo envuelta en una bolsa. Lo llevó a su casa y de allí con su padre fueron y lo entregaron a Bomberos. Se desconoce aún el origen de semejante artefacto o cuánto tiempo permaneció en el autobús y cuántas personas se sentaron sobre él (recordando el triste caso del operario de Nueva Aldea, que guardó en su bolsillo trasero del pantalón la fatídica barra de Iridio). Aunque la Seremi metropolitana de Salud haya descartado en primera instancia cualquier daño al menor o a su familia, es increíblemente alarmante que material radiactivo se encuentre “tirado” en cualquier lugar de nuestro país, al alcance de cualquier ciudadano común.

    Pero no olvidemos que la energía nuclear es la energía de los países desarrollados. Las inimaginables temperaturas producidas por la fusión de los elementos radiactivos al interior de los reactores permite calentar agua y generar vapor, tanto vapor como para mover el mundo, y produciendo una pequeña cantidad de desechos que, eso sí, nadie sabe dónde desechar porque no hay lugar en el mundo donde podamos depositarlos con total seguridad.

    Pero también existen los molinos de viento del Quijote, reinventados como Torres Eólicas de las que están poblados los campos de La Mancha y otras provincias de España. Tenemos también los paneles solares fotovoltaicos alemanes, los campos solares norteamericanos o la energía mareomotriz holandesa. Todas estas energías son algo menos eficientes en distintos aspectos, pero a cambio, no producen material contaminante, ni ruido ni radiaciones. Ideas no faltan, solo parecen faltar expertos, voluntad y el dinero, tan escaso en nuestro cono sur.

    Japón, después de la 2º guerra mundial, se dispuso a ser una potencia y lo logró con disciplina y compromiso de cada uno de sus ciudadanos. Ellos han llegado a ser los padres del nuevo concepto de calidad, que señala que la calidad se construye en cada etapa de un proceso. Ellos llevan la vanguardia en tecnología, ciencia y calidad, y ahora están pasando este desastre, allí donde las personas consideran honorable trabajar duro para ganarse el sustento, donde todo se planifica y se hace bien al primer intento. Surge inevitablemente una cuestión: ¿nuestro Chile está preparado para manejar energía nuclear?