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    17.05.2011

    El mercado de los alimentos transgénicos

    Todos hemos escuchado la frase “alimentos transgénicos” pero su significado es aún ambiguo para la gran mayoría de los chilenos. Sucede que los alimentos que hoy consumimos son el producto de cientos de cruces y selecciones de las mejores variedades, ya sean vegetales o animales, que han venido desarrollando los agricultores y ganaderos a través de varias generaciones. Esto hace posible que tenemos hoy manzanas grandes y jugosas, naranjas dulces y pollos más gordos. El padre de la genética, el monje agustino Gregor Johann Mendel, se dedicaba a cultivar arvejas.

    Realizando cruces de semillas en 1866, se dio cuenta que, según los cruces, podía obtener semillas de distintas características. Él dedujo que existían leyes naturales que gobernaban las características de las arvejas hijas dependiendo de las características de sus arvejas madres. Así nacieron las leyes de la genética de Mendel.

    Pero el estudio de la genética de hoy en día no se basa en la inocua cruza de distintas variedades de una misma especie, que nos recordaría el apacible y honesto trabajo del doctor Mendel. No, el estudio de la genética de hoy recuerda más al doctor Victor Frankestein, y lo digo basándome en un hecho concreto: la manipulación genética moderna de los alimentos consiste en insertar en una especie, características de otras especies distintas. Estas características en realidad se llaman genes y son pequeñas secuencias de ácidos nucleicos en el ADN de cualquier criatura, y que tienen la función de generar alguno de los rasgos o funciones del organismo al cual pertenecen.

    Por ejemplo, hay un gene que determina el color de pelo, de ojos, de piel, la forma de la nariz, el largo de los dedos, la síntesis de vitaminas, de azúcares y grasas, el crecimiento máximo que alcanzará la criatura y en general, todas sus características no espirituales.

    Entonces, brillantes científicos modernos pensaron que, al mezclar en un organismo las mejores propiedades de otros, podrían obtener un súper organismo genéticamente modificado, con características beneficiosas exacerbadas.

    La verdad es que la ingeniería genética aplicada a los alimentos ha alcanzado grandes logros pero no está totalmente extendida en el mundo, puesto que las empresas que manejan el mercado de los alimentos transgénicos, o más bien, de sus semillas, son bastante herméticas con la información científica de sus investigaciones. De este modo, en medio de un mar de desinformación respecto al tema, hoy en día existen un sin número de argumentos a favor y en contra de los alimentos transgénicos y ninguna de las posturas ha logrado opacar a la contraria. Y esto se explica en parte porque, por un lado no han transcurrido años suficientes como para verificar el efecto de estos alimentos en la dieta humana, y por otro, hay un fuerte interés económico en estos alimentos que logra apagar casi todas las críticas.

    Aunque la exposición de dichos argumentos sería apasionante, el presente texto pretende invitar a otra reflexión que es más fácil de considerar para el común de los mortales sin un doctorado en genética, y es la cuestión del control de los alimentos.

    Sucede que en nuestro país, durante la semana pasada, justo cuando el bullicio de Hidroaysen apagaba cualquier otro tema importante, los honorables por nosotros elegidos aprobaban el avance de una ley para implementar el convenio internacional UPOV 91 para la protección de las obtenciones vegetales. Este convenio en muy breves palabras, otorga derechos de autor sobre las cosechas a las empresas productoras de las semillas transgénicas, es decir, que los agricultores que quieran utilizar semillas transgénicas, tendrán que acostumbrarse a que ya no serán más dueños de su trabajo, sino que serán meros usuarios de la tecnología transgénica contenida en las semillas. Eso significa, entre otras cosas, que no podrán utilizar la semilla dos veces, es decir, no podrán dejar parte de la cosecha para plantarla el próximo año pues estarían incurriendo en un delito.

    Este panorama no es nuevo. Ya se ha instalado en Estados Unidos de donde es originaria la mayor empresa productora de semillas transgénicas del mundo, que ha comprado la mayoría de las otras empresas dando pasos evidentes hacia un monopolio mundial. Allá, si compras semilla transgénica por fuera de la empresa (por ejemplo a otro agricultor que ha cosechado trigo, maíz o soya) entonces se dejan caer los abogados de la gran empresa de transgénicos y todo termina mal para ti. Lo mismo pasa si la plantas dos veces. El mercado está bien controlado.

    Este convenio además señala que será la empresa dueña de la patente de la semilla transgénica, la propietaria de la planta, de sus hojas, tronco y frutos, y que ésta deberá otorgar permiso a los agricultores para reproducirlas y poseer sus cosechas. Es como el DVD que arrendamos, podemos usarlo pero no podemos disponer de él porque no es nuestro.

    También podría ocurrir que las empresas patenten las variedades chilenas a su nombre (ya que los agricultores chilenos no acostumbran patentar las variedades de semilla) y con ello, los centenarios agricultores de esas semillas ahora tendrían que pagar derechos a la empresa por cultivar su semilla.

    Puedo citar el artículo 14 del señalado acuerdo UPOV 91, donde la empresa transnacional propietaria de la patente de la semilla es llamada el obtentor y la semilla patentada es llamada la variedad protegida. Creo que en este texto será claro para todos el tenor de este acuerdo: “…se requerirá la autorización del obtentor para los actos siguientes realizados respecto de material de reproducción o de multiplicación de la variedad protegida: i) la producción o la reproducción (multiplicación), ii) la preparación a los fines de la reproducción o de la multiplicación, iii) la oferta en venta, iv) la venta o cualquier otra forma de comercialización, v) la exportación, vi) la importación, vii) la posesión para cualquiera de los fines mencionados en los puntos i) a vi), supra…

    Así que amigos míos, vayan cada uno rápido a patentar las semillas de sus antepasados, para lo cual deberán hacer una individualización genética de la misma para que sea distinguible de cualquier otra, según exige el artículo 7 del acuerdo. Necesitarán un doctorado en genética o bien contratar los servicios de un laboratorio para que realice análisis de varios millones de pesos a su semilla para individualizarla genéticamente.

    Al leer este solo artículo 14 del convenio UPOV 91, me pregunto ¿cómo puede estar pasando esto en Chile? ¿cómo se pudieron dar pasos en este camino a espaldas del debate social, sin ni una noticia en televisión, sin darle mayor importancia? ¿cómo afectará esto a la agricultura indígena y familiar campesina? ¿los agricultores que decidan no sembrar semillas patentadas podrán competir en el mercado con su producción, que será natural y no exacerbada artificialmente?

    Son muchas las interrogantes y para ninguna hay respuesta oficial. Lo mínimo esperable para un tema de tal envergadura y con tales implicancias sería abrir un debate nacional, llamar a las instituciones, convocar a los agricultores, a los empresarios y a los consumidores, pero, honestamente ¿podemos esperar que esto ocurra?