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    30.05.2013

    Alimentando Sueños: Chile, Potencia Agroalimentaria

    chilepotenciagroalimentaria

    Hace años que se viene fraguando un concepto etéreo que hoy parece dar pasos hacia la materialización; Chile como potencia agroalimentaria y forestal. Y por qué no si Chile tiene muchas condiciones para serlo: barreras sanitarias naturales – el desierto, la cordillera, el mar y la Patagonia – que encierran a los cultivos y ganado en una envidiable burbuja de bioseguridad y un abanico privilegiado de climas y territorios que permiten desarrollar prácticamente cualquier producto agropecuario, pesquero o forestal y que además ofrece producción en contra estación con el hemisferio norte quien concentra la riqueza mundial y por tanto ofrece una excelente oportunidad de negocio. Hasta hace unos años se consideraba además la estabilidad socio-política de nuestro país como una ventaja comparativa, aunque hoy no me referiré a ella.

    Pero como no solo de pan vive el hombre, a pesar de tener condiciones naturales privilegiadas, a Chile le falta algo que la naturaleza no puede dar: una identidad colectiva agroalimentaria. Los países que son potencia en sus rubros los viven a diario, los sienten y vibran con ellos en lo cotidiano. Brasil  es potencia futbolística y no ves a un brasileño haciendo burdos esfuerzos por hacer buen fútbol, simplemente le nace. Tampoco verás a un argentino comiendo mala carne ni a un francés comiendo alimentos transgénicos o a un japonés que no sepa utilizar su smartphone. Pero en Chile puedes ver a madres alimentando con snack a los bebés, empresas comercializando comida en estado de descomposición, una población que prácticamente no sabe interpretar la etiqueta de los alimentos, multitudes que se alimentan exclusivamente de comida chatarra, agricultores feneciendo solos en un infructuoso intento por aferrarse a sus cultivos, su tierra y sus raíces, desastres ambientales como el de Freirina, plantas de celulosa instaladas en medio de viñedos y cerezos, y eso sin mencionar que los buenos productos de nuestra tierra no están en nuestros mercados y vegas.

    El nuevo ministerio debiera abordar a lo menos éstas problemáticas mediante una educación pública para la buena alimentación (en lo que ya se han dado buenos pasos). También debiera trabajar en el rescate de la agricultura y ganadería locales, en eliminar la precariedad del trabajo en el rubro y en regular ciertos cultivos de complejas implicancias tales como los transgénicos, que contaminan toda la cadena productiva con sus genes anti-natura perjudicando a los cultivos nativos y orgánicos. Debería además dar cuerpo a una política de Estado para la formación de profesionales y técnicos para el rubro, trazando objetivos de aprendizaje acordes con los lineamientos nacionales y asegurando al sistema educativo todo el apoyo que éste necesita mediante incentivos fiscales para la colaboración educación-empresa.

    En países donde existe un sistema educativo (me refiero a una orgánica sistemática del proceso educativo nacional, y no a una feria libre de la educación), el Estado traza el currículum nacional en los distintos rubros, considerando todas sus diversidades y énfasis, y luego las instituciones educativas trabajan para entregar ésta educación a los jóvenes. En tanto la empresa aporta con las visitas, prácticas, pasantías y colaboración de expertos que sean necesarias y el Estado otorga las condiciones que hacen todo esto viable mediante políticas inteligentes que contemplan derechos, obligaciones e incentivos para la cooperación. El gran empresario entrega su opinión y su energía, así como el experto, el científico y el docente, y el Estado conjuga todo en una educación orgánica que forma los profesionales que lleven adelante el proyecto país. Si bien Chile tiene todas las condiciones naturales para ser quizás la mayor potencia agroalimentaria, pesquera y forestal del mundo, falta lo más importante; que su gente sea y se sienta parte.