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    23.05.2013

    Presentación en sociedad (Primera Parte)

    parapente

    -Hola, qué tal, mucho gusto. Mi nombre es Ximena y soy parapentista.

    Durante unos milisegundos -en que el interlocutor me observa con una mirada como de hipo, que se confunde entre la perplejidad, la curiosidad y la incredulidad- yo observo entretenida y espero. Luego viene una sonrisa y una pregunta:

    -¿Qué dijiste?
    -Sí, oíste bien. Soy parapentista. No… no vivo del parapente, pero dudo que otra cosa me haga sentir tan viva -dije con firmeza.
    -¿Usted está loca mijita?, fueron las palabras de mi jefa cuando se lo dije.

    Al principio una presentación como esa tenía, en parte, el objeto de llamar la atención. Como buena mujer cuarentona, separada, sin hijos, sin pareja y con muy pocos amigos luego de haberme cambiado de ciudad de residencia, vivía un momento de una gran inseguridad en mi misma. Quería sentirme “especial”, “diferente”, “una mujer con cuento”; y me divertía esa pausa reflexiva que, necesaria y constantemente, hacían mis interlocutores cuando pronunciaba esas palabras mágicas: SOY PARAPENTISTA.

    Y bueno. No es menor la rareza en realidad, puesto que en Chile somos muy pocas las mujeres que practicamos esta disciplina. Según mi primer instructor, Don Arturo Avalos Alonso, no llegamos a 100 mujeres, las que representamos el 10% del total de los parapentistas en Chile.

    Algunos le llaman deporte, sobre todo cuando la altitud, la distancia, la precisión, la velocidad y/o las acrobacias la elevan a una calidad de competencia. Para mí es una disciplina que me hace feliz.

    Hoy en día, presentarme así, tiene más que ver con mostrarme en lo que soy capaz de hacer, en lo que me apasiona, en lo que me define como un ser humano consciente, plena y feliz. Volar en parapente cambió mi forma de ver la vida y me obligó a redefinir mis prioridades.

    Procedo a contar una historia que me vincula con el espíritu aventurero y libre de mi querido padre y que me llevó a ser parapentista. Corrían los años 70 y 80 cuando, “impajaritablemente”, todos los fines de semana, más los tres meses de vacaciones de verano, nos íbamos con el grupo familiar a la casa de la playa. Teníamos una cabañita que aún existe y que se llama Villa Alsacia, ubicada en la calle principal del balneario de San Sebastián, frente a la discoteque Iskra, en la Quinta Región.

    Eran los tiempos de bonanza material de mi familia, cuando San Sebastián lucia arenas grises, pero aún no era invadida por los veraneantes que dejan cáscaras de sandía y restos melón con vino en la playa.

    A mi padre le encantaba salir a pescar; a elevar volantines; a mirar casas lindas; a pasear por los bosques; a tenderse en la arena a leer. En sus “súper aventuras” le acompañaba yo, su hija menor. La regalona, el conchito. Y para casi todos los efectos, el hijo varón que nunca tuvo.

    Como en esos tiempos yo, la Xime, era “como pato para el agua”, me sacaban de ella con los dedos arrugados y las uñas moradas. Mi viejo no hallaba mejor lugar para llevarme a nadar que Algarrobo, caracterizado por sus arenas blancas doradas y su mar calmo.

    En uno de esos paseos, ocurrió un evento mágico. Vimos un pequeño grupo de aladeltistas, a lo lejos, volando en algún lugar entre Mirasol y El Canelo. Luego de variadas e infructuosas incursiones en el Peugeot 404 de mi viejo, en esos tiempos en que el GPS no existía y menos aún Google Maps ni Waze, nos tuvimos que conformar con ver a estos valientes desde la distancia.

    Una tarde, mi papá me confesó que él quería aprender a volar alas delta, pero no se lo permitiría, primero porque creía que era un deporte de equipos muy caros y las prioridad estaba en otras cosas de la vida familiar y segundo, porque se sentía muy viejo -con 46 años- para iniciarse en una actividad que se apreciaba como peligrosa y que le podría costar alguna invalidez o la vida.

    De ahí en adelante se instauró dentro de las actividades características de cada verano el visitar Algarrobo, para observar con cierta envidia a esos seres especiales montados en la máquina del sueño de Da Vinci.

    Con el tiempo, entre los aladeltistas aparecieron otros “pájaros raros”, que volaban más lento, sentados en unos arneses que colgaban de una especie de sábanas de colores, más grandes y alargados que un paracaídas… Maravilloso, precioso, lento, colorido, suave, ingrávido. Un sueño para mis ojos infantiles y geminianos.

    En las múltiples y nutridas conversaciones que tenía con mi viejo, junto con enseñarme a manejar, también me enseñó que la felicidad la lograría el día en que fuera profesional universitaria, que trabajara y lograra mi independencia económica. Cuando me comprara mi propio auto y mi casa, cuando me casara, tuviera al menos un hijo, escribiera un libro y plantara un árbol.

    En mi vida todo anduvo por esos rígidos rieles de la ruta hacia la felicidad durante varios años. Efectivamente estudié y logré mi flamante título de Médico Veterinario de la Universidad de Chile, me compré mi primer auto a los 24 años, mi primera casa a los 28, a los 29 me casé y a los 31 supe que no podía tener hijos… y así, sin más, la vía a la felicidad quedó trunca frente a un abismo insalvable.

    Continuará…