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    27.05.2013

    Presentación en sociedad (Segunda Parte)

    ximena parapente

    Varias veces fui con mi ex marido a Algarrobo a descansar los fines de semana y logramos encontrar una ruta hasta el despegue de los parapentistas de Mirasol. Detenerse a observarlos y tomarles fotografías era para mí mejor que un spa, mejor que un masaje, mejor que bañarse en el gélido mar. Y de algún modo, el bichito que me picó de niña, fue tomando un cuerpo insospechado.

    Hacia el sexto año de matrimonio, el desgaste por el dolor y la impotencia que nos generó a mi ex marido y a mi la infertilidad hacía que nuestra relación viviera sus últimos estertores. Por motivos de mi trabajo como Inspectora de Reses de Abasto del SESMA (en aquel entonces, lo que hoy es la SEREMI de Salud Región Metropolitana), llegué a trabajar una temporada en el Matadero Camer, donde conocí a su Gerente, Don Andrés Benavente, conocido parapentista de Santiago y todo Chile.

    Las conversaciones con Don Andrés derivaban fácilmente hacia sus experiencias en vuelo. Como a todo parapentista le pasa, los primeros años de la práctica lo transformaron en un apasionado de volar y, no sé si será por una cuestión gregaria del ser humano o algo de preferir andar como pájaros en bandada, me instó -como lo hacía con todo el mundo- a ir a volar al menos un Tándem (vuelo en biplaza, en que un instructor hace el pilotaje y uno va delante de él, en condición de irresponsable pasajera) en una lugar de Las Vizcachas llamado Geo Expediciones, hoy  Geo Aventura.

    Sobrevino mi separación junto con una crisis económica personal, así que en un acto de suma irresponsabilidad, rebeldía, no sé… desesperación… me vestí con el arrojo de quien puede vivir una segunda adolescencia y me fui una tarde de verano al famoso Geo Expediciones con la idea de enfrentarme a ese vacío por donde se cayeron mis sueños y aspiraciones, a exorcizar los demonios de mi mala fortuna, haciendo lo más loco que hasta ese momento podía concebir: volar en Tándem.

    Allí me presentaron a un chiquillo flacucho y alto, gran exponente del parapente en Chile desde sus primeros años en la actividad, el hoy conocidísimo Pancho Fluxá. Pagué el ticket para mi primera experiencia extrema, con la esperanza de que ese vuelo en Tandem fuera suficiente para aclarar mis ideas respecto a lo que haría con el resto de mi vida, sin rieles concretos hacia la preciada y escurridiza felicidad.

    Y volé. Y fui inmensamente feliz. Las copas de los árboles se veían más verdes, el cielo más azul, el silencio apenas cortado por el silbido que deja el viento al pasar por las líneas del equipo. Al momento de aterrizar, sólo quería abrazar a todo el mundo y llorar.

    Y supe que algún día tendría que hacerlo yo sola. Pasaron unos cuatro años más, en los cuales mi concentración se dispuso a salvar los problemas económicos por lo que pasaba y también los afectivos. Me puse a “pololear” con un personaje como de teleserie, algo así como “el Señor de la Querencia”, que no podía permitir que “su mujer” hiciera actividades impropias de una dama decente y de su casa. “¿Cómo va a ser posible eso de que andes volando, entre puros hombres?, no, no; mi mujer no puede andar metida en esas cosas”…

    El caso es que, por muchos motivos, además del extremo machismo al que me sentía sometida, esa relación también fracasó. Nuevamente el parapente, el acto de volar, se me planteaba como una escapatoria a mis pesares.

    Y sobrevino el terremoto, junto con lo cual hubo que enfrentarse a la realidad de una madre anciana y la necesidad de vivir más cerca unos de otros en la familia, para estar más protegidas y acompañadas. Me vine a vivir a Temuco el 27 de Junio de 2010 y al 7 de Julio del mismo año ya había establecido el contacto con el Instructor del Sur, Arturo Avalos, dando paso a la inscripción como flamante, ansiosa y única alumna, entre otros nueve aspirantes a piloto, convirtiéndome en parte del exclusivo grupo (unipersonal) del 10% de mujeres de la Escuela de Parapente Southwings.

    Arturo ejecutaba las clases prácticas en el Cerro Mariposa, una especie de desprendimiento ubicado al Sur Oeste del Cerro Ñielol, con sus 160 metros de altura, que permiten realizar un vuelo “piano” sin grandes riesgos (vuelo que se realiza casi sin viento, en que la trayectoria es prácticamente una línea recta, desde el despegue hasta el aterrizaje). Mi primer vuelo fue de tres minutos y 10 segundos de duración y ocurrió ya desde la segunda clase, pues la primera se dedica a conocer el equipo, aprender a ponérselo y hacer los primeros inflados. Fui la primera aspirante de mi promoción en volar.

    Gracias al maravilloso Facebook y a la tecnología celular de la época, mi primer vuelo fue registrado en video MP4 por mi compañero de promoción y actual piloto, Fuad Riadi, una tarde de 28 de septiembre de 2010, nublada, fría, pero genial. Han pasado más de dos años desde aquella primera vez y aún se me hace difícil explicar o describir lo que sentí en ese primer vuelo.

    El tiempo se distorsionó y también mi sentido de la audición. He visto el video muchas veces y ahora me da risa escuchar los gritos desesperados de mi instructor: “carga el cuerpo a la izquierda, a la izquierda, A LA IZQUIERDAAAA” Y “RELÁJATE!! RESPIRA POR LA NARIZ Y LUEGO POR LA BOCA!!!”.  En vuelo yo no escuchaba más que el sonido de mi propio corazón y el del viento cortado nuevamente por las líneas. Ver el mundo a mis pies, casi como lo haría un ave o un ángel!!…

    Hoy ya sumo 85 horas de vuelo y he tomado cinco instrucciones con tres instructores distintos.