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    18.06.2013

    Pelando el cable, pero pesado

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    Una vez más en la punta del cerro Maule, en Puerto Saavedra, me encuentro mirando el horizonte, la dirección de las olas del mar, la veleta, las ramas de los pinos y de los matorrales, a mis compañeros de promo, las líneas y mandos de mi velita y al profe, buscando en ellos algún signo que me indique si acaso el viento es favorable para un nuevo lanzamiento.

    En mi cabeza resuena una canción de Silvio Rodríguez: “…elevó los ojos, respiró profundo, la palabra cielo se hizo en su boca y como si no hubiera más en el mundo, por el firmamento, pasó una gaviota”.

    Algo pasa, justo antes de volar, que dan unas ganas tremendas de hacer pipí. Miro a mis compañeros que, uno tras otro, se van a esconder tras los árboles a hacer pipí, para volar relajados y sin apuros… Y me da una envidia digna de ser condenada como en “Los siete pecados capitales”. Por un momento pienso que quisiera ser hombre y tener “ese aparatito para picnic”, tan práctico que resulta, sobre todo antes de emprender el vuelo.

    A decir verdad, no sólo por el efecto práctico del aparatito aquel, querría ser hombre.

    Siempre he creído que los hombres son más felices. Si uno los mira, siempre están bien o, por último, se ven estables y serenos, seguros de sí mismos, confiados y con menos rollos existenciales que una.

    Gorditos, pelados, canosos, altos, flacos, peludos, pie plano, mechitas tiesas, barbones… ellos siempre sonríen. No como una, que sin maquillaje o despeinada se siente cara de popó, proyecta la cara de popó y vive internamente como el popó.

    Ahí estaba yo, en la punta del cerro, frente al abismo de 160 metros de altura con respecto al mar, cargando con todos mis pesares, con el corazón roto, con ganas de hacer pipí, con cara de popó, metida entre un grupo de varios hombres, haciendo las cosas de los valientes hombres.

    Lo que me mueve es que quiero ser feliz. Hacer algo de lo que yo esté orgullosa de mi. “No vine a competir con nadie más que conmigo misma y me da lo mismo lo que el mundo piense de mi”, me digo interiormente, tratando de convencerme.

    Observo mucho a mis compañeros. Ellos no trasparentan sus penas como una. Varios están separados como lo estoy yo. Algunos extrañan a sus hijos, porque ya no viven con ellos. Otros están pasando por malos momentos económicos. Otros andan con dolores y problemas de salud. Pero a ninguno se le ve mal. Todo lo contrario. Se ven siempre como niños, sonriendo, despreocupados, con una actitud más relajada y serena que las mujeres.

    No logro discernir cuál es la diferencia entre un hombre y un niño, más allá de la apariencia de adulto: las canas, las poncheritas, las entradas en las cienes junto a los grados variables de pelada tipo cura franciscano. Los hombres de mi grupo tienen entre 23 y 56 años y se ven todos como “cabros chicos”.

    Pienso que hay una lección en todo esto. Algo debo aprender respecto de cómo vivir las penas como hombre, para salir adelante.

    Todos ellos están premunidos de sus juguetes: el parapente, el casco, la radio, su silla y algunos con algún aparato de música, generalmente rock. Llegaron cada uno en sus vehículos, el que también suele ser uno de sus juguetes más preciados.

    El parapente, como juguete, resulta bastante más caro que un trompo o que una bolsa con bolitas. Es más vistoso, más colorido, más grande, pero el efecto es el mismo que el de un trompo o de una bolsa de bolitas. Los reúne en torno a una actividad en que se demuestran cosas entre ellos y a sí mismos. Condiciones físicas, motrices, concentración, audacia. ¿Quién es el más capo?.

    Sonríen, se hacen bromas, algunas de ellas bastante pesadas para mi mujeril gusto, unos a otros se dan consejos, con pocas palabras, casi con gestos. Los hombres hablan, si es que, el 30% de lo que una mujer habla. Pero se entienden mejor entre ellos. Fácilmente establecen sus jerarquías y trabajan en equipo.

    Agradezco tener una híper-vejiga con capacidad de almacenamiento excepcional, porque justo “pasó la gaviota, volando, volando” y se le sumaron los jotes, los mejores agoreros de una buena condición de velocidad y dirección, apropiada para mi peso y fuerza. Así es que, sin aparatito para picnic, decido conservar mis pudores, aguantarme y prepararme para volar.

    Mis compañeros ser burlan de mi. Me encuentra medio histérica… típico de minas. Siempre me dicen: “relájate”.

    Respiro por la nariz, boto por la boca. Poco a poco entro en mi particular “estado alfa” de concentración y mentalización para saltar al vacío, suspendida de mi parapente.
    Me siento como “el soldado regresando intacto del frío mortal de la tierra”, sentada ya en mi juguete y volando.

    Así encontré la primera de las lecciones de vida importantes que me ha dejado todo esto. Lo había leído en libros de Deepak Chopra y en los típicos pensamientos budistas que mis amigas cuelgan en Facebook con lindas fotos.

    La gracia de todo es vivir el momento. Concentrarse en el aquí y en el ahora.

    Al volar logro desconectarme del montón de observadores que toman fotos, que hablan en voz alta, que se ríen nerviosamente e intentan transmitir sus propios miedos y también sus expectativas al grupo de aspirantes a piloto.

    Cuando estoy volando no soy mujer, no soy hombre, no sé si tengo ganas de hacer pipí, no tengo hambre, no siento frío. No me acuerdo de las cuentas, ni de la pega, ni de si fulanita de tal me miró feo. Volando no existen las penas, ni los dolores, ni los ex amores.

    Volando siempre encuentro un momento de paz en que veo la naturaleza llena de equilibrio, entregando gratis su belleza a quien la quiera observar. Volando encuentro el motivo para darle gracias a Dios por estar viva.

    Cuento una y otra vez estas cosas, porque el camino del aprendiz de parapente me sirvió mucho para encontrar la paz. Quisiera que otras mujeres también la encuentren, aunque sé que no todas deben pasar por un curso de parapente y transformarse en pilotos para lograrlo.

    En mi columna anterior relaté las circunstancias personales que me llevaron a tomar este camino como hobby, como entretención. Pasé momentos realmente tristes y vagué varios años por un estado de tristeza y oscuridad.  El hecho de tener una hermana mayor psicóloga y por extensión un montón de psicólogas como amigas, más el montón de médicos que fui consultando a lo largo del tiempo con el fin de encontrar alguna cura a mi estado melancólico, junto a otro montón de libros de autoayuda, las búsquedas espirituales, la meditación y la oración; solo lograron que la carga se fuera haciendo cada vez más pesada, al ponerle las etiquetas psico-patológicas como “obsesiva”, “histérica”, “depresiva” o las condenas religiosas que hacen sentir culpa.

    Este grupo de hombres me enseñó, con el tiempo, que mi estado era el de “rollera”. Tan simple como eso.

    Sólo había que dejar que las cosas sucedieran. Había que confiar en “ese algo superior” que quiere que una sea feliz y que me dio la oportunidad de desarrollar una pasión, un algo que hacer que solo significara disfrute y que lo hiciera por mi misma, con mis fuerzas, medios, energías y ganas.

    La segunda lección que aprendí es que nadie es mejor que otro y no se puede delegar a otra persona la responsabilidad de la felicidad personal, cada uno con su propia definición de lo que ello signifique.

    A los hombres parece que se les ha enseñado mejor a ser felices consigo mismos. A nosotras nos cargan desde la cuna con esos cuentos de que un “príncipe azul” nos tenia que donar una vida feliz… pamplinas.

    Y como dice el Dr. Lecter a Clarice Starling en “El silencio de los inocentes”: “Fly, fly, fly Clarice. Fly, fly, fly”. Nada mejor para mi, para ser feliz.