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    31.07.2013

    Una experiencia religiosa (Primera Parte)

    parapente

    Mientras armaba mi equipaje para volver del viaje a Iquique me felicitaba. En mi tercer año de vacaciones de invierno voladoras, ya aprendí que se debe llevar muy poca ropa y el máximo de lycra, que se puede lavar y secar en corto lapso.

    Lo único extra que llevé en esta oportunidad fue mi cosmetiquero, pues nunca me maquillé. Eso habría sido de lo más inútil y absurdo. Una verdadera pérdida de tiempo.

    En mi mochila quedó espacio suficiente para volver con los perfumes, un pequeño trípode para mi cámara fotográfica, un cubito musical de regalo para mi amiga de la pega, y alguno que otro artículo electrónico que había comprado en la Zofri.

    Esta vez, volví con un equipaje extenso de experiencias nuevas. Entre parapentistas siempre se dice que todo despegue y todo aterrizaje tiene cosas nuevas y que de todos se aprende. Esta vez, entre vuelos, conocí a gente interesante y, en vuelo, me pasaron cosas que me acercaron un poco más a Dios. También aprendía a hacer fotos nocturnas de alta exposición y lightpaint, que es una foto de alta exposición de un dibujo realizado con una linterna.

    Dios me cuidó. De muestra un botón. Nos tocó conocer a un taxista extremo, que por algún extraño motivo se sintió como “parte del equipo” cuando nos recogió en Cavancha y le pedimos que nos llevara al despegue de Alto Hospicio para intentar un nuevo lanzamiento. En cuanto los parapentes estaban en la maleta del auto y los pilotos ordenadamente sentados, el taxista no hizo más que acomodarse y poner música rock metálico ochentero, dando por hecho que aquella música nos gustaba y que la corearíamos con él, en su medio inglés, champurreado con invenciones de su extraviada mente. Nos llevó por la ruta a toda velocidad, adelantado a todo aquel que se interpusiera, tocando la bocina, casi como si uno de nosotros fuera a tener una guagua y él nos llevara al hospital. Todos íbamos nerviosos y preocupados, mirándonos silenciosamente unos a otros, con los ojos a punto de salir de las órbitas. En una curva del ascenso, el completamente calvo y tatuado taxista casi pierde el control del vehículo, en una maniobra de adelantamiento que nos pudo haber costado desbarrancarnos cerro abajo. Creo que dijo algo así como: “Yeeeaaahhh!!! Power!!!”… Por algún motivo, alguna gente piensa que los parapentistas somos seres extremos, eufóricos y rockeros; casi como si fuéramos drogadictos. Pero la mayoría somos bien piola, así que agradecimos al taxista y a lo que cada uno de nosotros llama Dios, cuando llegamos sanos y salvos al despegue.

    Los días subsiguientes, mientras subíamos en micro a esa punta del cerro, nos acordábamos del taxista y nos reíamos de la música, porque normalmente nos tocaba escuchar diabladas de la Tirana, matizadas con temas como “Soy el único que te entiende”, de Sergio Facelli o “No me compares” de Alejandro Sanz; que prometió convertirse en tema para algún video de parapente porque tiene una parte que dice “vengo del aire ehe ehe eheh “… Mi amigo JP (Juan Pablo Mora) bulle de ideas para hacer videos y contar historias de algún modo gráfico. Se le ocurrió que podríamos hacer un video, abrazados cada uno a nuestros equipos de vuelo, cantando eso de “soy el único que te entiende, soy el único que te ama”… Sonrío al recordar.

    En el despegue, mientras veíamos como los pilotos se iban lejos a orinar, le conté a JP respecto de mi columna anterior, esa donde hablaba de las ganas de hacer pipí que dan antes de volar, así que armamos un video en el que me presté de actriz y JP me grabó por detrás, mientras yo derramaba agua de una botella, haciendo como si estuviera orinando de espaldas a la cámara, para que lo inserte en alguna de sus producciones.

    Conocimos a un chico llamado Leo, de 23 años, proveniente de Francia, cerca de Chamonix, un lugar donde a los niños desde el colegio les enseñan a volar en parapente. ¿Y cómo no hacerlo, si a diez minutos de allí tienen nada menos que las laderas de Los Alpes para practicar? Volaba increíble ese muchacho. Sin instrumentos, sin nada más que su vela, su experiencia, su atención puesta en los demás pilotos y las condiciones del viento; este joven llegó a volar desde Alto Hospicio hasta Palobuque (a 15 kilómetros de distancia) de ida y de vuelta; para terminar luego en Cavancha, donde nos fuimos a encontrar mucho rato después, esa misma tarde, para servirnos un rico “sanguchito” con un jugo natural frente a la playa. Con Leo, las conversaciones variaban desde el parapente, a la forma de preparar fideos con salsa, pasando por el cambio climático, hasta la manera de ganarse la vida haciendo videos por Mongolia, China y Sudamérica patrocinado por alguna empresa europea.

    Una gran experiencia religiosa para mi fue haber logrado volar en Palobuque. Pero estoy hablando de volar de verdad, porque en los dos años anteriores lo había intentado y solo había “dado jugo”, arrastrándome junto a mi velita por una ladera empinada y con una arena nada de amable, llena de pedruscos afilados que dañan mucho al equipo y cualquier cosa que tome contacto con ella. Para qué contarles lo difícil que es subir ese cerro con 16 kilos de equipo en la espalda. Se dan tres pasos arriba y se baja uno de arrastre. En momentos como ese lamento haber dañado mis pulmones y mi corazón con tanto cigarrillo, en tantos años de fumadora empedernida.

    En este tercer año, en mi primer intento, Palobuque nuevamente me regaló un revolcón de esos para el Ginness, que dejó rallada la pantalla de mi altivario y lleno de arena al GPS. La verdad es que me quedó arena hasta en los dientes. Estaba comenzando a odiar Palobuque…. (Continuará)