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    13.08.2013

    Una experiencia religiosa (Segunda Parte)

    ximena iqq

    La segunda vez que fuimos volví con ánimo de jugar solamente, sin expectativas, pues Palo Buque solo me había permitido vuelos piano luego de mucho esfuerzo. Es así como llegamos un grupito de tres pilotos del sur más Sergio Vergnano, un amigo argentino que había conocido el año anterior en el mismo Iquique y dos pilotos de Santiago: Pablo Ruiz-Tagle y Rodrigo Nieto. Luego se nos unió un instructor de allá, Jorge Fernández, que andaba con un simpático alumno, un joven chino llamado Paul Youming Ye, que estaba dando sus primeros y exitosos aleteos de parapentista pollo. Jorge le gritaba de lejos, mientras el chico subía el cerro lentamente, “¿who is the super chino?”, y Youming se daba vuelta y subiendo los brazos y saltando contestaba, “¡yooooo!”, mientras reía.

    Corría una ventolera sureste prometedora, así es que sin siquiera intentar subir el cerro me armé con mi equipo y casco y comencé a inflar mi velita, mientras los otros pilotos ya estaban subiendo o haciendo vuelos de juego; intentando aterrizar de precisión sobre unos sillones que alguien dejó abandonados a los pies del cerro.

    En esos juegos de inflado, el viento me fue ayudando a subir el pesado cerro y cada vez lo empecé a sentir más potente. Me vi sola muy cerca de la cima e intenté un inflado más, que fue tan controlado y sustentador, que me permitió despegar fácilmente, sin ningún arrastrón, para posicionarme sobre un gran desprendimiento térmico que me dejó volando a trescientos metros en pocos minutos.

    Desde la altura comprendí por qué Palo Buque es tan querido y preferido por los parapentistas. Al alejarse del cerro del despegue y acercarse al cordón montañoso que da su cara hacia el mar, uno observa un paisaje desértico como escapado de una de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. Todo se vuelve dorado, por la arena desértica y azul celeste, entre el mar y el cielo. Mis amigos, los sillones, el vehículo, todo se va transformando en un puntito negro allá abajo, mientras una va volando con el trasero casi pegado a la arena, asciende y asciende, solo asciende suavemente al dirigirse hacia el sur. El sonido del altivario indica ese ascenso con su agudo “tut… tut… tut… tut..”. Una vuelta a la derecha y el ascenso era muy marcado (tutututututututututut suena el altivario) y los 730 metros de altura permiten ver el único cactus que tiene esa montaña de arena, vestida con una capa de piedras más oscuras hacia arriba, que se ve como salsa de caramelo derramada en un helado de manjar. Otra vuelta hacia la izquierda , hacia el Sur, y ya se aprecian las “Dunas Místicas”, con su arena más clara y fina.

    Estaba demasiado sobrecogida por el paisaje y demasiado sola como para intentar esa transición a las Dunas Místicas. Yo siempre ando con algún piloto más experto cerca, que oficie de Pepe Grillo por si tengo algún problema. Y bueno, al fin y al cabo… “soy niñita”… ¿Y qué?. Preferí salir a campo abierto a perder altura y ver qué estaban haciendo los demás. En ello me encontré con mi pololo, que también estaba en la ruta del ascenso hacia las Místicas. Tengo pegada esa imagen en la retina. Eso fue algo que le agradecí a Dios desde las alturas.

    Otra experiencia religiosa fue el día en que, con todas las ganas y el ánimo del mundo, me disponía a hacer mi tercer cross del año a Cavancha. Luego de unos quince minutos en que traté de ganar suficiente altura en la ladera, me comencé a cansar y decidí emprender el viaje. De pronto, muy tarde para regresar al cerro, muy tarde para llegar si quiera a Playa Brava y muy pronto para morir, las condiciones de viento cambiaron y se puso con dirección Noreste, lo que no ayudó en nada a que la vela avanzara surcando el aire. ¿Cómo no creer en el cambio climático?. Según los pilotos más antiguos, estas cosas no pasaban en Iquique a esta alturas del año.

    Miraba mis instrumentos y el suelo, comprobando una y otra vez que no lograba avanzar lo suficiente en relación a la pérdida de altura que iba sufriendo. Miraba los techos, las calles y buscaba alguna plaza, alguna cancha, algún terreno vacío en el cual poder ejecutar las maniobras de aproximación para aterrizar.

    Como mi pololo y JP iban en vuelo y seguramente veían lo que me estaba pasando, como un modo de “despedirme” por si algo malo me pasaba, tomé mi radio y les dije: “chicos, me estoy poniendo nerviosa”. No grité ni nada de eso. Traté de comportarme lo más corajuda que podía. De pronto, la voz de mi pololo en la radio fue un feliz “Pepe Grillo”, me indicó que más adelante había un terreno vacío, como en una demolición y también me dijo que el techo del supermercado se veía bastante amplio, así que me pidió que me relajara, que me concentrara y que hiciera lo que yo ya sé hacer.

    Desde donde estaba, yo ya había visto ese terreno vacío, el que me parecía muy pequeñito, y también había evaluado la posibilidad de aterrizar en el techo del supermercado; pero no sentía que estuviera avanzando y no sabía si alcanzaría a llegar a aquellos lugares con la altura apropiada, así que me puse a conversar con Dios. Le dije que no tenía miedo de morir, sino que tenia miedo del dolor o de herir a alguien en el proceso o dañar la propiedad privada y la pública. También le dije que me gusta mucho mi vida y que ha sido un gran aprendizaje por el cual quiero seguir transcurriendo un rato más, así que por favor, me permitiera llegar al terreno pelado, que me permitiera la tranquilidad para aproximar sin enredar mi parapente en los cables, y que, por esta vez, no me importaría si aterrizo de trasero, mientras fuera entera.
    El tiempo transcurrió lentamente a partir de ahí. Me tumbaba en mi silla, tratando de buscar una posición muy aerodinámica, que me permitiera avanzar con el mínimo de pérdida de altura. De pronto, mi sombra ya estaba proyectada y bien encuadrada por los cables de aquella media cuadra de terreno vacío, que poco a poco se veía bastante más grande que la estampilla que yo había creído que era.

    La amplitud me permitió hacer las maniobras de un aterrizaje bastante preciso, del cual conservo registro gráfico gracias a mi cámara de video, el que fue celebrado y aplaudido por el cuidador del terreno, que se había puesto a mirar todo el acontecimiento.

    Don César, el cuidador, estaba asombrado de lo que estaba viendo, y me decía: “es que nunca me había pasado esto, siempre pasan hacia la playa… y más encima, ¡usted es mujer!”. También me dijo: “¡déjeme tocarla!”, una petición a la que accedí con una amplia sonrisa, puesto que su actitud corporal claramente revelaba que lo que quería tocar era la vela y sus líneas, no a mi.

    Hoy ya todos estamos cada uno en su casa. Nuestras ropas vuelven a tomar el olor a humo de la gente del Sur. Iquique y los amigos se recuerdan y se extrañan. Ahora nos queda esperar un par de meses para que mejore la condición en el sur y podamos volver a extender nuestras alitas y esperar a que el verano atraiga hasta acá a los amigos del norte y vengan a nuestros encuentros.

    Aquí en el Ssur volamos por el simple placer de volar, por estar juntos, por compartir. Aquí las competencias a lo más son de precisión y los premios un buen asado y unos brindis mirando al lago Calafquén o al mar.

    Por mientras, habrá que dejar ventilando el equipo, sacarle los restos de arena que le puedan quedar, cantando: “Y soy la única que te entiende, soy la única que te ama, conmigo lo tienes todo y sin mi no tienes nada”.

    Los espero muchachos. Los esperamos a todos.