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    23.05.2013

    El final del recorrido

    congestion

    Todos los sábados muy temprano, sin importar la lluvia, el frío o la confusión de la resaca, me subía a una micro de la línea cinco. Sentada en el último asiento, reposaba la cabeza contra el vidrio y echaba a volar la mente mientras la máquina prácticamente vacía, avanzaba lenta y achacosa, serpenteando por las calles desiertas del Regional.
    Algunas veces llevaba conmigo mi personal stereo y reproducía un compilado con Ozzy y Black Sabbath que me había regalado un amigo. La tecla de play se trababa pero siempre terminaba funcionando, ese era mi cassette de los sábados.

    Pocas personas bajaban y subían en algo más de media hora y ningún auto se veía en las calles hasta después de almuerzo. El final del recorrido de la cinco era un lugar inhóspito, parecido a un escenario de la película Mad Max. Mucha tierra convertida en barro durante los meses de invierno, grandes charcos oscuros, perros vagos y casitas que se sostenían sólo con la voluntad de las familias que las ocupaban, formaban un asentamiento de sobrevivientes llamado “Campamento Fuerza y Esperanza”.

    Al principio resultaba difícil pensar que la esperanza habitara en un sitio tan abandonado, pero al entrar y conocer a su gente se notaba lentamente como la vida bullía con fuerza dentro de cada uno de los pobladores. Era poco lo que un grupo de chiquillos podía hacer para paliar el sufrimiento y la carencia material de aquellas personas. Sin embargo, durante esas mañanas de sábado las risas inundaban el aire y en forma mágica las teteras comenzaban a hervir, el olor a pan llenaba las mediaguas y un piso de tierra se convertía en el lugar más acogedor del mundo. Más de una treintena de rostros infantiles nos rodeaban y seguían atentos los juegos y actividades que preparábamos para después del desayuno. La despedida siempre dejaba un leve sabor amargo que intentábamos aplacar prometiendo volver la próxima semana sin falta.Por esa sola promesa muchos volvíamos a pesar de estar enfermos, trasnochados o de no querer ni siquiera levantarnos.

    Cuando volvía a mi casa traía en mi chaqueta el olor del campamento que contrastaba con los vapores de mi realidad. Las calles seguían solitarias, porque en ese tiempo había menos autos que ahora, la locomoción pública era menos tensa y en ocasiones hasta podías conversar de música con el chofer.

    Hoy todavía recuerdo las idas al campamento por sobre otros lugares donde también fui a realizar labores similares y se me viene a la cabeza la duda de cómo estarán esas personas ahora. ¿Vivirán? Y pienso en esas calles de difícil acceso, ahora todas convertidas en avenidas pavimentadas donde transitan miles de autos cada día, donde la gente pelea por avanzar hacia delante sin ver hacia los costados. ¿Alguien buscará esas caras sonrientes al final del camino?

    Y todo el día que seguía, la tarde y luego la noche me servían para pensar en lo que había visto, en lo que aprendía de esa gente llena de esperanza y el espíritu se me llenaba un poco de afanes solidarios, de ideas fabulosas y alianzas invencibles. Tenía catorce años, ahora tengo treinta y sólo veo más autos repletando las calles, autos neuróticos que no me dejan ver quién me necesita del otro lado.