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    27.05.2013

    Un gigante de rodillas (Primera Parte)

    CINE-CERVANTES

    Una de las cosas que jamás se olvida en la vida es la primera vez que uno va al cine. Mi encuentro inicial con el espejo encantado de la pantalla grande fue en el Cine Cervantes de Valdivia. En esa época, la cartelera solía permanecer mucho tiempo sin cambiarse y al contrario de ahora, no siempre llegaban las películas para niños. Por eso, un día de lluvia, mi abuela al verme dibujando incoherencias en el vaho de la ventana nos invitó con mi mamá a ver una película para mayores de 14 años. Con la puerta abierta de par en par pude entrar a la función sin restricción alguna de boletería o del acomodador.

    Mi abuela, una asidua cinéfila, llevaba un cuantioso contrabando de chocolates y una frazada porque la temperatura dentro del cine era insoportablemente baja. Todavía percibo la sensación del primer contacto con esa aterciopelada cortina roja, increíblemente pesada, que aislaba la sala del exterior y aún siento el olor del cine al entrar en la fría sala. Una bocanada de encierro e historia me llegó de pronto como el aliento de un gigante dormido durante largos años. El lugar estaba a mal traer, pero a la vez conservaba detalles de una época gloriosa, era realmente mágico y de una energía increíble. Luego sabría que –ya en ese entonces- era una reliquia arquitectónica. El cielo del teatro estaba agrietado, secuela del gran terremoto del 60 y en su escenario, según me contaban las viejas antes de que empezara la película, habían desfilado una enorme cantidad de vedettes y grandes artistas cuando funcionaba como teatro.

    Recuerdo que en todo el cine no había más de ocho espectadores, incluyéndonos a nosotras tres. Ese día exhibirían “La muerte le sienta bien”, una película protagonizada por Meryl Streep, la dulce Goldie Hawn y la bellísima Isabella Rossellini; una comedia macabra que narraba la historia de dos mujeres que querían mantenerse siempre bellas –a costa de cualquier cosa- y competían por el amor de un hombre (Bruce Willis). La trama se volvía absurda y a la vez interesante cuando acudían a una especie de bruja (Isabella Rosellini), quien les proporcionaba un elixir de vida eterna, convirtiéndolas a fin de cuentas en zombies glamorosos con muy buen aspecto.

    Es difícil creer que una niña pequeña pueda fijar la atención en una película de ese calibre, pero a mi abuela y a mi madre pareció encantarles. Todavía recuerdo cómo se reían mientras comían dulces, sin duda una de las imágenes más gratas de mi infancia temprana. Para mí la película transcurrió entre la pantalla y un dificultoso ejercicio de observación del lugar, mientras trataba de acomodarme en esas rígidas butacas de cuero café que se clavaban implacablemente en mi espalda. Al terminar la función y salir a la calle estaba emocionada, mi perspectiva había cambiado, el haber estado sumida en la oscuridad de la ficción y volver a la luz de la realidad me había otorgado nuevas herramientas para comprender a la gente, las cosas, la vida.

    Durante toda mi infancia y adolescencia seguí yendo al mismo cine, fiel a ese primer amor de la niñez. Con tristeza fui testigo de su progresivo deterioro sin que nadie hiciera nada en serio por rescatarlo. Incluso en una época oscura fue un club nocturno de mala muerte y luego volvió a exhibir películas. Durante 2010 me tocó trabajar para el Festival de Cine en aquellas dependencias y lo recorrí desde sus entrañas. Ésta vez el edificio me hablaba en un lenguaje más claro y me revelaba agonizante secretos de otros tiempos.

    CONTINUARÁ….