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    30.05.2013

    Un gigante de rodillas (Segunda parte)

    alien

    Digamos que había transcurrido el tiempo, ya no era tan pequeña. El cine seguía ahí, parado mirando el infinito. Yo no tenía más opción que caminar en círculos persiguiéndome la cola y a ratos entrar en su corazón oscuro. Los años no pasaban en vano, las cascaritas de pintura caían como una triste nieve imperceptible a los transeúntes, desnudando su fachada. ¿¡Cuántas capas más de colores baratos cubrirían esa noble piel de paquidermo!?

    El segundo piso del cine era un lugar prohibido. Mi abuela siempre me dijo que arriba estaba “plagado de ratones” y que se sentaba la gallada a tirar escupitajos, lo cual parecería una simple leyenda urbana que tomó forma con los años, pero yo a mi abuela siempre le creí todo y nunca dejo –hasta hoy- de hacerle caso. De todos modos,  siempre hay excepciones…

    Me acuerdo perfectamente que cuando estaba en Segundo Medio cambié un libro de inglés que necesitaba por una entrada para ir al cine. El negocio lo hice con un chiquillo de un curso superior que también tenía ganas de ver la película que estaban pasando: Alien, el octavo pasajero. Al final yo también me tenté y fuimos los dos a ver qué tal la peli. Estuvo bien y se me quedó grabada la imagen de Sigourney Weaver rompiendo un cristal de la nave por el cual se empezó a desintegrar el Alien mientras lo succionaba el vacío del espacio. Eso fue lo único que retuve, porque la mayor parte del tiempo estuve tratando de comprobar si efectivamente había ratones (estaba en el segundo piso) e investigué la construcción en altura, conté las locaciones dispuesta en forma irregular y esa vez me di cuenta que incluso existía un tercer piso, que estaba clausurado.

    Años más tarde, me iba de Valdivia por un tiempo y lo extrañaría muchísimo. Así que fui a despedirme en diciembre del 2001, cuando estrenaban la primera película del Señor de Los Anillos, entre Navidad y Año Nuevo. No niego que estaba emocionada, siempre fui fiel a los libros de Tolkien. Me senté en la tercera fila y al sacudir la butaca antes de sentarme, el pesado asiento de cuero café se me cayó sobre los pies, me dolió mucho… pero no sólo físicamente. Avancé en silencio, tomé el lugar que estaba inmediatamente después y me dispuse a ver la película que duraba tres horas con el crudo vacío a mi derecha. Al salir del cine sólo pensaba en una frase: la ciudad está muriendo.

    En el 2010 llegué a trabajar en el 17º FICV por recomendación de un amigo. Me tocó ser jefa de sala adivinen dónde. Era una especie de sueño inconsciente hecho realidad, una semana de arduo trabajo (16 horas diarias promedio) pero a cambio tendría el cine para mí sola. Recuerdo haberlo pasado muy bien durante esos días, entablé amistad con los acomodadores, el proyeccionista y el sonidista; que también trabajaban ahí sólo durante el festival porque el edificio permanecía cerrado el resto del año, bajo la custodia de una empresa privada (nunca entendí muy bien cuál era el gusto de no aprovechar semejante espacio). En esa ocasión pude entrar por primera vez a los baños (otro lugar prohibido por mi abuela) y visitar el tercer piso, el que literalmente se estaba cayendo a pedazos. Encontré afiches de películas antiguas, rollos fragmentados del film “Enigma Mortal”, artefactos de proyección antiquísimos… todo digno de un museo cinematográfico, todo abandonado como si fuera basura, pero basura que era parte del inventario, así que no se podía rescatar nada.

    Cuesta plasmar en palabras lo que un lugar así significa para una comunidad, personas que crecieron oyendo historias ligadas al Cine Cervantes y para quienes nos refugiamos incontables veces en su única sala. Ahora permanece cerrado y la gente lo está olvidando. El gigante ha sido abandonado a su suerte por si sucede un milagro que lo libere de semejante soledad. A lo mejor hace falta que alguien se quede eternamente de pie en su pórtico esperando a fusionarse con ese cemento agrietado, como una sola estatua.