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    03.06.2013

    Sociedades Anómalas

    cybercafe

    Mi primer trabajo en serio fue exactamente hace diez años. De esa época lejana no conservo adquisiciones materiales ni ahorros previsionales que me enorgullezcan, pero tengo una que otra anécdota que podría servirles para pasar el rato. Tenía 20 años y no sabía qué hacer con mi vida, incluso hoy por hoy dudo bastante cuando me planteo esa pregunta, pero por suerte ahora tengo menos ganas de hacer actividad física y someterme a experiencias riesgosas. La cordura de la madurez obligada es mi nueva madre y se encarga de frenar mi ímpetu auto destructivo.

    Luego de volver de un viaje de tres meses fuera de Chile, matricularme en dos carreras (Derecho y Psicología) y no haber ido siquiera una sola vez a clases, sentía el deber moral de hacer algo productivo, aunque en realidad no tuviera ganas. Sin pensarlo mucho, me ofrecí para administrar un centro de internet, negocio que le sugerí emprender a mi mamá ya que el 2003 en Valdivia no existían muchos negocios de ese tipo y la conexión doméstica no estaba tan masificada como ahora.

    La jornada fue auto impuesta y era extenuante, abría a las 08:00 y cerraba a las 20:00 hrs, con pausa de una hora para ir a almorzar a mi casa que quedaba a una cuadra del local. Al principio iba poca gente, pero tiempo después comencé a tener una clientela muy variada. El primer personaje era un fanático del Hentai. Confieso que al principio no tenía idea de ésta curiosa tendencia, pero como los computadores estaban expuestos y se podía ver el contenido de las pantallas de cada usuario, comenzó a llamarme la atención la afición de éste cliente por el anime porno, así que se lo comenté a un conocido y me explicó que era una de las tantas perversiones de moda en internet. El tipo pasaba horas usando el computador y gastaba bastante en imprimir las imágenes de Sailor Moon en topless.

    Otro caso clínico y cliente habitual, era una señora que tenía varias parejas cibernéticas y chateaba mediante videoconferencias para encontrarse con cada uno. Como los señores eran de distintas partes del mundo, la mujer acostumbraba a pasar horas frente a la pantalla, tecleando o hablando en voz alta sin pudor alguno. En ocasiones la mujer reía a carcajadas y otras lloraba desconsolada o hablaba por teléfono a un volumen exagerado, poniéndole término y reconciliándose con sus múltiples amantes virtuales.

    Un día entró un hombre joven con un disquete en la mano y me pidió que le pusiera internet adentro porque “quería navegar”, me demoré al menos quince minutos en explicarle que eso no era posible. Había gente que me pedía fotocopiar billetes, otros que les prestara dinero, incluso un hombrecillo muy parecido a un duende entró y sin pedir permiso encendió un pito escuálido de marihuana… como no había nadie en el local no le dije nada, porque se notaba que tenía pena.

    Ese trabajo mientras duró fue un ejercicio constante de contemplación, ocho de cada diez personas que entraban tenían algún tipo de tara o trastorno. Si dejamos a un lado lo gracioso que puede resultar el hecho, aquello merece que reparemos en lo que somos en comunidad. ¿Cuánto hemos avanzado en diez años? ¿Qué hacemos por mejorar? Yo no tengo todas las respuestas, pero es importante buscarlas en donde se originan los vicios de la era moderna, en nuestras propias sociedades anónimas.