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    07.06.2013

    El curioso caso de la Lala

    limosna

    Nunca supe su nombre real, pero todos le decían Lala. Era una mujer de edad avanzada y de muy baja estatura, algo así como un pigmeo, de rasgos puramente indígenas y una estridente voz que utilizaba para chillar o maldecir, tal cual lo haría una niña pequeña. Su cara era idéntica a la de un aguador peruano de principios del siglo XX que aparecía en una enciclopedia que acostumbraba a hojear cuando niña llamada “El Mundo Pintoresco”. Las facciones toscas y la fascie patológica, mezcla de un rictus similar al de una persona con retraso mental severo y una expresión de enojo permanente, resultaban bastante espeluznantes para cualquiera. Con mayor razón los infantes éramos quienes más temíamos a tal presencia, ya que nuestros padres constantemente nos amenazaban con ir donde la Lala si no obedecíamos. Siempre sacaba la lengua exageradamente, como si quisiera expulsarla del todo hacia fuera. Ahora que lo pienso detenidamente, esa peculiar personita era lo más parecido a la Fiura (esposa del Trauco) que he visto en mi vida.

    Su vestimenta era característica y muy infantil, usaba faldas o vestidos hasta la rodilla con calcetines que le cubrían los tobillos. Sólo de vez en cuando, a pesar del frío, llevaba una chaquetita tipo blazer de color verde o burdeos. Jamás le vi el cabello, porque siempre, sin excepción usaba un horrendo pañuelo en la cabeza que enmarcaba cruelmente su rostro curtido por el espanto de otros.

    La mujer hablaba muy poco, se dedicaba a emitir sonidos guturales cuando necesitaba algo, como por ejemplo que la ayudaran a cruzar la calle. Eso era un clásico y pocos adultos se atrevían a darle el brazo por temor a un mordisco. No faltó la ocasión en que yo misma presencié a la viejita propinándole una paliza a algún niño odioso que la molestara. Una vez vi a uno muerto de risa mientras la mujer le pegaba con todas sus fuerzas en un ataque de histeria. Pero la ciudad estaba llena de gentiles universitarios que se ofrecían para ayudarla a ir de un lado a otro, cuando el tráfico en Valdivia era por ese entonces tan inocuo que cualquiera podía arreglárselas solo. Una vez en la vereda del frente, la Lala se ponía a llorar porque quería volver a cruzar a su antigua ubicación y así podía pasar horas.

    Otra de sus actividades predilectas era pedir dinero, a pesar de su evidente trastorno mental, la señora no tenía un pelo de tonta. Sabía perfectamente en qué lugares pedir y cuáles eran las monedas que servían y las que no. Siempre podía uno encontrarla afuera de los bancos o de los cafés más concurridos de la ciudad con un enorme vaso de Coca – Cola. Recuerdo una vez que un familiar mío (muy despistado) por hacer la buena acción del día saliendo de un café, le depositó una moneda de $100 en su vasito. Grande fue su sorpresa cuando recibió un escupitajo de la mujer y una sarta de insultos porque en el vaso no estaba juntando limosnas, sino que realmente estaba tomándose una bebida.

    No sé de dónde vino ni como desapareció, un día alguien le dijo a otro “murió la Lala” y así se propagó la noticia de su fallecimiento. Sería poco honesto de mi parte decir que la extraño, pero es un hecho que ha sido uno de los personajes urbanos más emblemáticos de mi infancia sureña. El que ya no esté tampoco es relevante en el inconsciente. Para mí siempre estuvo en todas las esquinas donde pasaba, al comienzo de la mano de mi mamá y después cuando grande al vagar sola con alguna sustancia ilícita circulando por mi cuerpo.