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    10.06.2013

    Espejismo en una esquina

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    Un frío penetrante inundaba la calle mientras las luces fluorescentes de medianoche se perdían en la soledad del cemento estéril. No era el invierno, era su presencia lo que me calaba los huesos.

    La mujer estaba de pie fumando, imponente y hermosa como el Coloso de Rodas. Yo parecía invisible a sus ojos, la mirada perdida y el exceso de maquillaje hundían sus pupilas en un oscuro infinito. No sé por qué salí a caminar esa noche.

    Ligera de ropa pero sencilla, no se veía pretenciosa. Su pelo exageradamente largo lucía opaco y sin movimiento a pesar de la brisa nocturna. A ratos caminaba tramos cortos, dos o tres pasos de un lado para otro, flectando las rodillas para desentumecer las piernas. Se notaba que llevaba largo tiempo esperando. Delante de sus pies desfilaban insolentes trozos de basura colorida, anuncios de cosas ultravioleta y sabores artificiales.

    Se subió a un auto, la pasó a buscar un tipo que no alcancé a ver bien. Los dos se perdieron en un cambio de semáforo y yo me fui porque no aguantaba el vapor de las cosas malas que trae la noche. Como fantasmas de nosotros mismos salen a penar nuestras represiones mientras dormimos esclavos de la vida diurna. Valdivia nocturna es un caos decadente, el centro huele a papas fritas, ebrios y perros vagos.

    Ni plumas, ni glamour, ni nada; ella era diferente. Me llamó profundamente la atención la sencillez de su vestimenta, el recato de su escote, la falta de obscenidad en la escena. Su único pecado capital era ese antifaz de rímel y sombra que enmarcaba sus ojos como si no quisiera ser descubierta.

    Tiempo después me contaron su historia, supe que vivía en una pensión sola y que trabajaba en las mañanas en un local de comida. También me enteré que de día se afeitaba y usaba camisa y bototos. Me imaginaba sus cosas, el colchón de su cama hundido por el cansancio, la dicotomía de su guardarropa, todo el arsenal de belleza y el espejito donde se pintaba. Aquellos eran los únicos testigos de su brutal transformación.

    Hace poco la volví a ver, estaba alcoholizada. Se tambaleaba transitando por el mismo lugar donde la divisé la primera vez, una calle donde pasan colectivos. En ese encuentro súbito se descubrió ante mi el velo que escondía su realidad. La mujer hablaba por teléfono discutiendo con alguien. Noté la voz gruesa, esas exageradas curvas, las manos grandes y la prominencia de su garganta que ya no se molestaba en ocultar. Me sonrió con la boca torcida, pero aún así se veía linda. La vi desaparecer mientras seguía caminando, sin rumbo fijo.