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    18.06.2013

    Lo que nos conmueve

    valdivia

    Gracias al clima apocalíptico que nos define, los valdivianos acostumbramos a desarrollar cualidades únicas entre otros seres humanos. Es así como nos convertimos, sin darnos cuenta, en seres de viento y agua, en criaturas moldeadas por el frío, la humedad y el moho. Una especie muy parecida a los atlantes.

    Desde que somos muy pequeños, aprendemos viejos trucos inculcados por nuestras abuelas, quienes (indistintamente si eres hombre o mujer) nos tejen calzones de lana para evitar los “enfriamientos”. Asimismo, en nuestros armarios siempre están las infaltables botas y trajes de agua, los guantes y los graciosos sombreritos de lana.

    Con tanto frío la salud se resiente, pero el valdiviano es aguerrido. Aficionados a los brebajes espirituosos, salimos de noche con el pelo mojado y ligeros de ropa porque “estamos acostumbrados”. Para un atlante promedio, el vivir al menos dos gripes considerables al año no es ninguna novedad. Y cuando estos estados se vuelven crónicos, puede pasar uno el año entero con la nariz tapada y al llegar la primavera no se sabe a quién echarle la culpa. Valdivia debe ser la ciudad que más ganancias reporta en venta de pañuelos desechables y mentholatum en todo Chile.

    Vivimos como gatos pegados a la estufa a leña, tomando mate, comiendo sopaipillas, acostados con varias colchas y siempre los hijos y las mascotas son bienvenidos a nuestra cama para compartir el calor de la compañía. Vivimos el día a día dando gracias por nuestro aire limpio, por nuestro río que canta cuando hay tormenta y por el verde que surge aún más intenso luego del aguacero. Al caminar por la ciudad el cuerpo y la mente entran en comunión con ese suelo húmedo y fresco donde se imprimen nuestros pasos, esa es la tierra que nos ha visto crecer y donde volveremos cuando el sol se apague.

    Existen muchas cosas que me conmueven, pero pocas como la belleza de mi hogar. Ese gris único del cielo, con venas negras y nubes espesas a punto de explotar. El olor del río que inunda el ambiente después de una lluvia intensa. Pasear por la calle, por los parques, en la costanera a orillas del río y saludar a cada ser que alegra nuestra vista, a cada árbol que nos contempla sereno. Y el viejo mar solitario, pacífico e infinito, que sin testigos durante la tormenta lava la arena incesantemente borrando nuestras huellas. Cada ser humano, cada ave, cada piedra es un universo en constante ebullición.

    Caen gotas desesperadas por comunicarme noticias del cielo, golpean mi ventana juguetonas, me piden agolpadas en el vidrio que escuche sus historias. Me hablan de nuevos tiempos, de amores prohibidos y secretos ancestrales, ellas han sido testigos de todo. Una a una impactan en el suelo donde reposan quietas esperando un rayo de sol que las devuelva a su nube y me gritan al unísono que nos las olvide.

    Quise escribirle a esas pequeñas gotas y al invierno eterno y desatado porque la tarde de ayer tuvimos temporal. En días como el de ayer el alma se vuelve pagana, los atlantes bailamos al son de las tempestades y hacemos juramentos sobre nuestro lecho flotante, porque la lluvia del sur es el único bautismo que hemos recibido.