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    21.06.2013

    Aires enrarecidos

    aire contaminado

    Actualmente vivimos una época de cambio, en donde todo el mundo se manifiesta cuando algo no le parece, lo cual en ocasiones nos hace creer que estamos atravesando por un período de transición eterno hacia un cambio que jamás llega, siempre sumidos en un ambiente convulso.

    Se ha vuelto muy fácil para la ciudadanía hacer públicas sus demandas y para la clase política ha sido más fácil aún aprovechar la coyuntura para enarbolar las más variadas banderas de lucha, profitando –como de costumbre- de las necesidades del pueblo.

    En época de elecciones éste clima se agita aún más, generando un fenómeno muy curioso, que consiste en la exageración respecto a la toma de medidas para solucionar problemáticas contingentes, algo así de ridículo como una hipérbole cívica.

    Quisiera centrarme en un caso puntual que afecta no sólo a nuestra ciudad, sino que a varios lugares del sur de Chile. Me refiero al tan mencionado tema del uso de calefacción a leña, el cual ha acrecentado la polución llevando a las autoridades ambientales a decretar estados de emergencia con la consiguiente restricción en el uso de estufas en la época más fría del año, justo en una zona que registra muy bajas temperaturas durante el otoño y el invierno.

    Creo que una campaña de invierno debería afrontarse de manera más responsable y eficiente, como por ejemplo, planificarla en los meses cálidos y no esperar a que sobrevenga el caos para actuar, ya que somos un país con recursos humanos y económicos de sobra para elaborar medidas pertinentes en ésta área.

    Si bien el factor de las enfermedades respiratorias, la depredación de los bosques y la crisis energética, son aspectos sumamente relevantes, el uso de la leña es también un asunto cultural.

    Las ciudades nos hablan desde el silencio de sus diversas estructuras, nos muestran la idiosincrasia de la gente a través de su urbanidad, de sus infinitas formas arquitectónicas. Pero también un asentamiento humano se define por las costumbres de la gente que lo habita y es ahí precisamente donde se genera la identidad de los pueblos. El cocinar en un fogón, dentro de una ruca, la estufa a leña que calienta las casitas en el campo, el brasero que entibia las noches más frías en la cordillera; corresponden a mecanismos atávicos que han sido heredados desde tiempos inmemoriales de una generación a otra. Me parece que al intervenir de manera irresponsable, sin otorgar soluciones efectivas, se vulnera la forma de vivir de la gente.

    Valdivia si bien aún no llega a los límites alcanzados por Temuco, es la quinta ciudad más contaminada de Chile, en relación a la cantidad de material particulado en suspensión. Promediamos anualmente 37,3 microgramos de PM 2,5 por metro cúbico de aire (ug/m³), mientras que la norma establece un promedio al año de un máximo de 20 ug/m³ (Fuente UNAB). Lo que no explica el estudio de la Universidad Andrés Bello es si esto corresponde sólo al uso doméstico de leña húmeda o también incluyen la enorme cantidad de fábricas que ensucian no sólo el cielo, sino nuestros ríos y el subsuelo.

    Las exigencias de la vida moderna nos llevan a consumir más, las industrias multiplican su producción, las ciudades crecen e invaden el hábitat de los animales salvajes. Nuestro bosque nativo desaparece a pasos agigantados, el cambio climático ha vuelto más crudas las estaciones y las autoridades se centran únicamente en restringir al ciudadano en pos del desarrollo, lo cual me parece un error que pagaremos caro.

    La vida sucede día a día y sin darnos cuenta vamos transando progreso por devastación. Alimentamos al monstruo del consumo con nuestra propia carne y habitamos en un lugar cada vez más hostil, donde ya ni siquiera somos dueños del aire que respiramos.