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    25.06.2013

    Un hombrecito detestable

    oficinista

    Existen fisonomías repulsivas que nos provocan rechazo inmediato cuando el destino nos pone frente a ellas. ¿Pero qué hay de aquellas personalidades nauseabundas, de esos individuos que despiertan nuestras más primitivas sensaciones de objeción y rechazo con tan sólo abrir la boca?

    Es probable que conozcan no sólo uno, sino varios y que en este mismo instante estén acordándose de algún personaje desagradable. Yo, por mi parte, quisiera detenerme en una personita en particular que tuve el infortunio de conocer en uno de mis tantos trabajos y lamentablemente grafica a un segmento de la población no despreciable en cantidad.

    Óscar Contardo, en su libro Siútico, hizo un exhaustivo trabajo al describir a la perfección distintos estereotipos de la sociedad chilena. Dentro de ese interesante crisol de identidades, recuerdo al entrañable “Cuevitas”. Éste individuo, a grandes rasgos, era un arribista de tomo y lomo, trepador y oportunista, preocupado en extremo de las posesiones, del estatus social y de parecer ser quien no era.

    El hombrecito en cuestión, a quien llamaremos “N”, era sumamente parecido a Cuevitas, pero peor. Vivía preocupado de agradar a “los jefes”, organizaba actividades absurdas donde elegía a los invitados por apellido, aunque no los conociera personalmente y procuraba codearse con ellos durante las ceremonias para poder lograr alguna aparición en las páginas sociales en compañía de quienes él consideraba importantes. En resumidas cuentas, dedicaba su vida a lamer con devoción traseros influyentes esperando como un perro faldero si le caía algo en recompensa.

    De origen extremadamente humilde y poseedor de una historia de vida esculpida por las carencias materiales y culturales, “N” luchaba furioso contra la inevitable genética anulando el ambiente que lo vio crecer, inventando historias de épocas pasadas. Poseía un vocabulario pobrísimo, pero trataba de ocultar el asombro cuando escuchaba una palabra que no estaba en su diccionario y se esmeraba por impostar la voz en forma ridícula en un infructuoso afán por lucir refinado.

    Renegaba de su identidad en forma descarada, por ejemplo, quitándole el saludo a algún modesto conocido de la juventud que se acercaba para hablarle en público. Incluso su familia no se escapaba de tales desaires y hasta su propia madre debía esconderse cuando la señora lo visitaba en el trabajo. Luego de desalojar a su progenitora nos arrojaba una sonrisa histérica, como si no nos diéramos cuenta de lo que había hecho y agravaba aún más su falta con una excusa torpe.

    Mirando hacia atrás pienso que podría haber dejado pasar aquellas actitudes por simple respeto a la diversidad, entendiendo que en la vida no todos han tenido la suerte de desarrollar su espíritu en forma adecuada y existen seres oscuros, que son prisioneros de sus propias falencias de origen. Pero no eran sus múltiples complejos los que me chocaban, sino su maldad que sobresalía por encima de todo ese amasijo de frustraciones.

    El tipo era despiadado con la gente de esfuerzo, maltrataba a cualquiera que estuviera por debajo de él en jerarquía y parecía gozar enfermizamente denostando a las personas que carecían de preparación formal. El único bastón que mantenía su pobre imagen en pie, era haber logrado un título universitario, el cual sacaba a relucir a pito de nada, preguntando socarronamente ¿y tú qué títulos tienes? cuando quería invalidar los argumentos de su interlocutor. Por eso y por muchas otras cosas bastante gente lo odiaba y jamás escuché un buen comentario de su persona cuando él no estaba presente. La mayoría se burlaba de su arribismo y remedaban sus múltiples errores al hablar y comportarse, festinando con su falta de educación. Si nos detenemos en ese simple hecho, creo que el panorama para él después de todo era bastante desolador.

    Estuve algún tiempo trabajando con “N” y aprendí a conocerlo, con ello reafirmé mis convicciones sobre lo moral, lo correcto y lo humano; porque con cada día que pasaba a su lado sabía con seguridad lo que no debía hacerse en la vida. Él por su parte siguió siendo de la misma forma, ya era viejo y no cambiaría. No dudo que exista un dejo de pena en su corazón, al saberse auto limitado y al comprender en el fondo de su alma que el origen de las personas no cambia, uno es de donde viene y punto.