Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    28.06.2013

    El Cowboy de Esmeralda

    MMDMICO EC003

    No hace mucho tiempo, apareció un nuevo personaje que adorna las calles de Valdivia. Llevo tiempo observándolo, pero no he logrado entablar una conversación con él todavía. El que no hayamos hablado  no ha sido obstáculo para comunicarnos e incluso ya me regaló una sonrisa y me ha disparado dos veces, una en el pecho y la otra en la cara.

    “El Cowboy” siempre está afuera del Minicentro, en la esquina de Arauco con Esmeralda. Es un hombre bajito, de edad indeterminada, viste jeans y sombrero de vaquero con una simpática chaqueta deportiva. En la cintura carga orgulloso dos revólveres de juguete que me imagino habrá comprado en el mismo local donde se instala a tirotear a los autos que pasan.

    Aparece sólo de vez en cuando, entre micros ruidosas y grupos de escolares que comparten ansiosos un solo cigarro. Se apodera de la esquina con tal dominio escénico que uno cree estar frente al Sheriff de Arauco, único guardián de la vereda más polvorienta y exótica del centro. Se esfuma cuando llueve o hace frío, pero si el clima está término medio es fijo encontrarlo de pie en el mismo lugar. Tal vez inconscientemente salga a buscar el calor de su lejano oeste y se esconda cuando el aire sopla más frío que el acero imaginario de sus pistolas.

    Nunca lo he visto hablando con nadie, pero siempre parece estar muy concentrado en su blanco. El semáforo en verde le da la señal para atacar, su rostro se pone serio y comienza a apuntar a los automovilistas como si se tratara de una rutina de trabajo que repite una y otra vez hasta el cansancio, mientras las luces se suceden infinitamente en lo alto.

    Una vez pasé por ahí en moto y lo tuve muy cerca, me miró y yo lo miré sin hacer ni decir nada. Esperé un rato para darle ventaja y le disparé primero simulando un arma con mi mano. Mi actitud pareció agradarle e inmediatamente me contestó con dos movimientos rápidos, uno dirigido al pecho y otro a la cabeza. Cuando la luz cambió y yo me alejé el hombre sonrió amable, como si su función hubiera terminado, y se despidió con dos disparos al aire.

    Hace días que no lo veo, supongo que debe estar oculto en su guarida. Me lo imagino raudo al galope, cabalgando por las llanuras de su mente. Tal vez algún día librará un duelo al alba que romperá su silencio, cuando las calles estén desiertas y no existan testigos después de tirar el gatillo.