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    08.07.2013

    La joie de vivre

    valdivia

    Estaba sentada debajo de un cocotero, la brisa marina me rozaba la cara y mis pies se enterraban en la arena blanca. A mi costado había un libro de portada confusa abierto por la mitad, pero no alcancé a ver su título…  Desperté con la boca seca y una leve sensación de resaca, aunque no había bebido. El cuerpo agarrotado y la falta de energía me recordaron a un yogui hablando de Ayurveda, que repetía como en una letanía las cosas que debíamos comer y las que no, planteaba teorías sobre la pérdida de energía y explicaba los diferentes ciclos de la vida basándose en la posición de las estrellas.

    Me levanté y fui como de costumbre a la feria fluvial a comprar pescado. El invierno se me coló en los pulmones apenas puse un pie afuera de mi casa. A medida que caminaba el cuerpo se iba entibiando, la frecuencia cardíaca llegaba a un punto de equilibrio entre mi respiración y el cosmos. Pero el bienestar no duraría mucho, al levantar la vista -cuando cruzaba la Plaza de la República- distrajo mi atención un enorme letrero de demoliciones y un inmenso agujero en las alturas congeló mi memoria por algunos segundos.

    El antiguo edificio de Taboada estaba siendo demolido, el rostro del centro había sido mutilado nuevamente. La gente caminaba aletargada por fuera del sitio del suceso, algunos indiferentes, otros resignados ante el avance desmedido de la decadencia. Como si la ciudad no luciera lo bastante horrorosa, tras la seguidilla de estragos que nos han azotado últimamente, gente anónima ha decidido sin consultarnos acabar con una obra arquitectónica emblemática de la ciudad, solo porque para algunos no tiene valor patrimonial.

    Quisiera explicarles a las personas que piensan por nosotros y actúan siguiendo intereses personales, que el valor más inmenso de las cosas es el intrínseco. Todo lugar que ha formado parte de nuestras vidas como colectivo humano y que se ha convertido en objeto de recuerdos en común, es en sí un patrimonio ciudadano. Cada valdiviano alberga en algún lugar de su mente un vínculo con el pasado ligado a ese montón de concreto inerte, que de un momento a otro carece de valor y es derrumbado para siempre.

    La modernidad avanza por encima de nosotros, nos aplasta sin pedir permiso. La alegría de vivir aparece solo en sueños, mientras que en nuestras realidades desveladas encontramos calamidades que nos golpean día a día. La vida, siempre llena de dolor, es más dolorosa en nuestro tiempo que durante épocas pasadas. El intento de escapar al sufrimiento conduce al hombre a la trivialidad, al engaño a sí mismo, a la creación de necesidades superfluas, a la invención de grandes mitos colectivos. Pero esos alivios momentáneos no hacen a la larga sino incrementar las fuentes de sufrimiento. Tanto la desgracia individual como la social sólo pueden ser vencidas en un proceso en que la voluntad y la inteligencia sean erigidas como un monumento que nadie se atreva a demoler.