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    07.08.2013

    Miedos, paseos y espadas láser

    espada laser

    El hecho de haber nacido o vivido en Valdivia nos ata a una suerte de conjuro mágico que nos termina uniendo con personas desconocidas en distintas etapas de la existencia, sin importar donde nos encontremos. Existen una serie de eventos que se conjugan en la vida de los valdivianos que podrían denominarse factores en común, recuerdos colectivos o simples coincidencias provincianas; que aparecen espontáneamente en un encuentro casual y se convierten de pronto en motivo de una alegría sincera acompañada de la nostalgia y añoranza propias de un recuerdo querido que nunca volverá.

    Ir de paseo al Parque Saval, caminar por la Costanera o visitar el Jardín Botánico un día de primavera; parecerán actividades cotidianas para muchos hoy en día. Pero también existen aquellas instancias guardadas y atesoradas en el inconsciente, imágenes de nuestra infancia sureña perdida en el tiempo; la que transcurría en una época convulsa. Nuestro padres, adultos inmersos en un sistema represivo, obedientes a la máquina y temerosos del futuro, buscaban escapes sencillos de la rutina inclemente, motivos para compartir con sus cachorros.

    Recordando vagamente el ambiente psicológico de aquellos años, viene a mi memoria la sensación de pavura y sopor en la calle, el ritmo aletargado de la Perla parecía absorber a sus habitantes generando un halo de estancamiento. Muchos se quejaban de la falta de oportunidades, de la centralización y del clima, pero ahora comprendo que era el miedo la verdadera causa de tal desesperanza.

    Uno de los pasatiempos más comunes en ese entonces era tomarse un helado en el centro. Tal como ahora, justo al frente de la plaza, existía un emblemático lugar llamado El Conquistador, atendido por su propio dueño, el cual ofrecía la más completa gama de helados de las dos principales marcas que llegaban a Valdivia en esa época. Al entrar el lugar siempre estaba fresco y oscuro, generando un ambiente ideal para que vivieran los helados. A la derecha había tres o cuatro mesas con bancas largas de una pieza con altos respaldos y pintados de negro. De todas las veces que fui a ese lugar nunca vi las mesas ocupadas, pero antes de que yo naciera, el sitio era bastante concurrido por parejas de jóvenes que iban a “pololear” y lo elegían precisamente por lo discreto y acogedor, era algo así como una fuente de soda.

    Cada vez que acompañaba a mi mamá al centro, tiraba de su mano con toda mis fuerzas generando la tracción necesaria para conducir sus pasos hacia El Conquistador y conseguir que me comprara un helado. Hasta la actualidad reconozco cierta falta de interés por la innovación en varios aspectos de mi vida, sobre todo en lo gastronómico, es así como podría perfectamente estar comiendo el mismo plato durante un mes si la combinación de ingredientes es de mi agrado. Este rasgo característico de mi personalidad ya se podía vislumbrar en mi infancia más temprana, por eso y por mi secreta afición a Star Wars, religiosamente, cada vez que entraba al local pedía lo mismo: Un láser. El helado tenía forma cilíndrica, igual que la espada de un Jedi. Su fondo de crema y una cubierta de helado de agua sabor frambuesa hacían bailar mis papilas gustativas y me pintaba la boca de un rojo intenso, lo cual -inocentemente- me hacía creer que me veía más bonita.

    Un día los helados Láser se descontinuaron y algo en mí cambió, estaba más grande, salía menos con mi mamá y El Conquistador ya no existía. En su lugar instalaron una multitienda, que al poco tiempo fue una cafetería también de cadena. Nunca más volví a ver a su dueño, ni siquiera por casualidad, como suele ocurrir en las calles de Valdivia, que te encuentras con todo el mundo caminando por el centro.

    Recuerdo también que junto a la heladería había una pequeña puerta misteriosa, un Night Club llamado La Manzana Disco Show, que luego cambió su nombre y desconozco si seguirá funcionando actualmente. Me pregunto si existió alguna vez una relación entre los helados y el topless, una comunión o hermandad secreta entre la fría oscuridad del Conquistador y el humo mezclado con el calor sudoroso de aquellos cuerpos anónimos que bailaban de noche, o tal vez el miedo jamás dejó que eso ocurriera.