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    14.08.2013

    Impulsos extraños

    abuelaynieta

    ¿Les ha pasado que a veces se despiertan tarareando mentalmente una canción? Y es curioso, porque en ocasiones esa melodía suele acompañarnos todo el día. Hay veces en que aquello resulta ser agradable y otras veces se vuelve tan molesto que quisiéramos golpearnos la cabeza contra la pared. Es un hecho que a todos nos ha ocurrido alguna vez, pero no sabría decir de dónde vienen esos impulsos extraños.

    Hoy me ocurrió algo similar, pero no con una melodía, sino que con un objeto, apenas abrí los ojos me desperté pensando en la bebida Free que tomaba cuando chica. Uno de los recuerdos que tengo más patentes asociados a ese refresco, se remonta a la época en que la pizzería Approach estaba en calle Independencia, justo al lado de La Protectora, antes que se incendiara. Es una lástima que habiendo ocurrido aquello hace más de veinte años, todavía nos encontremos con el “peladero” impresentable en pleno corazón de Valdivia, situación que al parecer no le ha interesado subsanar a ninguna autoridad, de todas las que han desfilado por nuestra ciudad ostentando importantes cargos durante las dos últimas décadas.

    Pero bueno, la CCU quedaba también por esa calle y entre La Protectora y Ferretería Lopetegui, estaba la pizzería donde me llevaba mi abuela, religiosamente, cada vez que salía con ella. Como siempre he sido una persona de rutinas alimentarias bastante planas, jamás pedía otra cosa que no fuera un Barros Jarpa en pan de molde y una Coca – Cola, pero como en aquellos años en ese lugar no se vendía esa marca, debía optar por su versión alternativa, una Free bien helada. Y es muy curioso el masoquismo que puede llegar a manifestar una persona de ocho años, porque esa bebida siempre me repugnó, pero era más fuerte el encanto de la rutina. Y por no pedir otra cosa, me quedaba con la mala copia. Lo único rescatable era la estética de la botella, el diseño y los colores la hacían mucho más atractiva, al menos por fuera, que las otras marcas. Tratando de recordar su sabor, podría decir que tenía gusto a agua azucarada con tierra y un poco de gas , una mezcla que si bien no alcanzaba a ser barro, tenía un marcado carácter terroso.

    Mi abuela no me tomaba de la mano, sino que de la muñeca, me tiraba despacio pero firme, como un caballito de feria. Yo era muy distraída y siempre me decía que despertara y que levantara los pies cuando caminaba. No hablábamos al pasear ni cuando yo comía, pero ella siempre cargaba mi mochila para que no me cansara, cuando iba a buscarme al colegio. Esos recuerdos se me vuelven tan intocables y lejanos, a veces extraño la antigua fisonomía de la ciudad, otras veces mi corazón se endurece y aquellos edificios muertos me dan lo mismo.

    Cuando transito por esos lugares que han estado ahí desde antes que yo naciera, la calle vieja y pisada miles de veces me trata con cariño, en ocasiones siento que el suelo se remece en señal de agradecimiento cuando camino por la vereda. Ella, la calle, también me recuerda. Soy la niña de calcetines con vuelitos y zapatos gastados en la punta, de hecho, hoy en día lo primero que se echa a perder en mis zapatos es precisamente esa parte, será porque todavía arrastro los pies al andar.