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    21.08.2013

    Valdivia en llamas

    incendio

    No fue morbosidad,en absoluto. Pero cuando ocurrió el incendio de la Ferretería Valdivia me quedé absorta mirando. La escena era impactante y conmovía a cualquiera que hubiese comprado ahí alguna vez, la atención era excelente y daba la impresión de ser un negocio familiar, de esos que ya casi no quedan en nuestra mutante ciudad.

    Esto sucedió hace algunos años, pero revisando mis archivos pude encontrar esta imagen y de pronto los recuerdos han llegado espontáneos a mi cabeza. La ciudad estaba conmocionada, imperaba un desorden atroz en todo el centro y sobre todo calle Pérez Rosales. El tránsito había sido desviado hacia otras arterias, yo caminaba a esa hora por el centro y me dirigí hacia el lugar impulsada por la curiosidad que me provocó ese desorden de personas corriendo y el ruido de sirenas.

    Luego de abrirme paso entre la multitud de peatones y algunos carabineros que intentaban acordonar el perímetro, no sólo dirigí mi atención al cúmulo de llamas y humo negro que había en el lugar, sino que me detuve a contemplar al bombero de la foto, a ese que está encerrado en un círculo blanco.

    Me instalé a observar en un sector más o menos protegido debajo de un techo, fue ahí cuando lo divisé, parado entre todo ese tumulto. El hombre estaba de pie con las manos en los bolsillos, todo el mundo corría desesperado tratando de controlar un fuego que a esa hora ya se había vuelto incontrolable, pero él permanecía impávido, contemplando como todo se venía abajo.

    Esa desfachatez me cautivó y de pronto en vez de centrarme en el siniestro, comencé a seguir al hombre misterioso con la mirada. Durante los minutos que estuve vigilando sin que me viera, todo en él fue un devenir de pausa y desidia. Yo creo que era el único que se daba cuenta en ese momento que ya no había nada que hacer, más que contemplar cómo el fuego se llevaba la imagen que todos conocíamos de ese lugar, reemplazando rápidamente recuerdos por devastación.

    Permanecí en el lugar lo suficiente como para que me intoxicara levemente con los vapores que despedía la infinidad de productos que esa noche se calcinaron. Recuerdo haber bajado por calle Lautaro hacia la Costanera a respirar aire puro y a contemplar el río de noche, sin pensar en lo que había visto.

    Al día siguiente caminé por la escena calurosa, ya no estaba el hombre de aspecto tranquilo. Me dijeron que el fuego se lo había tragado y luego lo escupió cuando se volvió de agua. Y así se renuevan las fisonomías urbanas, nacen nuevos sitios eriazos. Un dolor de cabeza me acompañó todo el día, supongo que fue el souvenir gentileza de la combustión de compuestos extraños, que de conocer su nombre, no podría dejar de escribir con la nomenclatura adecuada.