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    27.08.2013

    Ainilebu

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    Ainil en lengua indígena significa asentamiento y Lebu es el nombre que los huilliches le daban al río. Es así como esta hermosa ciudad antiguamente era conocida como Ainilebu, un exuberante territorio rodeado de aguas cristalinas, donde la naturaleza reinaba en cada rincón. Luego, con la llegada del hombre blanco pasó a llamarse Santa María la Blanca y finalmente Valdivia, en honor al conquistador español.

    Como un homenaje a aquellos primeros habitantes, dueños y señores de esta tierra indómita, muchos de nosotros hacemos el esfuerzo por mantener viva su imagen, recordando sus costumbres, sus historias y su lengua. Por ello es común encontrar incluso hoy en día en Valdivia con una radio emisora, marcas asociadas a diversos productos e incluso personas que se llamen Ainil.

    Hasta hace pocos años existió también una sala multipropósito llamada Ainilebu, ubicada en calle Prat, en plena Costanera. En ese lugar se llevaban a cabo gran cantidad de eventos culturales y siempre estaba a disposición de la comunidad. Recuerdo haber asistido a una infinidad de actividades, como recitales de poesía, muchísimas charlas y las primeras versiones de La Feria del Libro, en esta última recuerdo haber comprado varios libros y unos pendones increíbles de Samurai X, un animé que me obsesionaba cuando tenía quince o dieciséis años.

    También fui a múltiples tocatas, entre las cuales puedo recordar una de la banda death metal de un amigo llamada Burial, donde por estar saltando como un mono me gané una brutal patada en la canilla derecha, con resultado de un chichón rebelde que no se fue hasta después de tres semanas. Imposible olvidar la última presentación de la banda Undercroft en ese lugar, antes de que partieran a radicarse a Suecia. Había un ambiente de rito, todos los asistentes cantaban al unísono el coro de “Danza Macabra” y las paredes parecía que fueran a derrumbarse.

    Hace poco, mientras vagabundeaba por redes sociales, me detuve en una imagen compartida por Bancada Literaria, en la cual podía verse el exterior de la sala Ainilebu y una sensación de recogimiento me invadió de repente. La sala fue demolida tras sufrir daños estructurales luego del terremoto de 2010 y desde entonces se ha comenzado a potenciar el proyecto “Costanera de la Ciencia” que ha cambiado la fisonomía del lugar. Por eso al ver la foto sentí una especie de culpa porque creo que la imagen de la sala comenzaba a diluirse en mi cabeza, al ya no verla como antes, siempre fiel junto a la feria fluvial.

    He querido traerles esta memoria de tiempos pasados, porque me imagino que todo valdiviano tuvo algún grato recuerdo en ese lugar. Nunca entendí por qué no la reconstruyeron, sobre todo porque se había ganado un gran espacio en la comunidad, apoyando siempre el acontecer cultural de Valdivia y la región.

    Espero que como aquel querido rincón de la juventud, surjan nuevos espacios dedicados al arte, lugares que permanezcan abiertos a todos como brazos de madre generosa. Tal vez no todo esté perdido y algún día la tierra proclame con fuerza un poderoso conjuro huilliche y renazca del vientre del río nuestra querida Ainilebu.