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    11.09.2013

    Las viejas calles

    calles
    (Por Romy Valenta)

    Todos tenemos un barrio de la infancia, un lugar donde crecimos que nos marcó en lo más profundo, tanto que aún llegada la adultez lo seguimos recordando llenándonos el corazón de alegría y nostalgia. Para mí, este lugar sagrado se encuentra en el sector regional, donde viví la mayor parte de mi niñez y adolescencia.

    El regional, específicamente Huachocopihue, se caracteriza hasta los días de hoy por ser uno de los barrios más tranquilos que van quedando, conformado por casitas de uno y dos pisos en su mayoría de madera y cemento, habitadas por honorables y esforzadas familias de clase media valdiviana. Esta urbanización además cuenta con el privilegio de haber sido construida en un sector de gran belleza natural, rodeada de espesos bosques y pantanos, ideales para explorar cuando uno es niño y para beber y fumar escondido cuando la curiosidad despierta y las ganas de estar en casa desaparecen.

    La gran mayoría de mis amigos vivía ahí y formábamos una verdadera pandilla, pero en vez de realizar actos vandálicos contra nuestro entorno, destruíamos nuestra propia concepción del mundo, esa que los adultos alrededor estaban tan empecinados en imponer.

    Recuerdo los columpios cerca del Parque Londres y pasar prácticamente la noche entera tomando cerveza en pleno invierno en compañía de Franco y Joaquín, haciendo juegos estúpidos, imponiéndonos penitencias grotescas, riéndonos a carcajadas, fumando o simplemente mirándonos en silencio por largo rato, en una secuencia que involucraba únicamente nuestras caras, el cemento y el cielo.

    Las expediciones al bosque constituían otro reto que sólo los más valientes se atrevían a realizar, ya que circulaban algunas leyendas urbanas que a veces resultaban ser ciertas, como la del ermitaño que dormía entre unos arbustos y más de alguna vez trató de ahuyentar a los impertinentes blandiendo una guadaña. Cerca de ahí se encontraban “Los Tubos”, lugar que por juramento no relataré en detalle, pero quienes lo conocen tienen más de alguna historia siniestra de clandestinidad, balizas y escapadas nocturnas, algunas con consecuencia de caídas putrefactas a una ciénaga que no perdonaba a sus víctimas.

    Cuando conozco gente nueva y me hablan de su infancia en lugares y condiciones diferentes, siento suerte de haberme criado donde me tocó. Las amistades de esa época las conservo hoy en día y se han convertido en mis hermanos para siempre. En ocasiones y fechas especiales vuelvo a visitar el barrio y lo recorro a pie por respeto, respiro su aire, hablo con sus perros vagos y toco sus árboles. Las casas siguen quietas observando cómo pasa el tiempo implacable y nuevos niños juegan donde yo lo hice hace muchos años. El bosque seguirá asustando a los novatos de noche y yo continuaré esperando encontrarme en esas visitas esporádicas, con mi figura adolescente corriendo de espaldas, sin rumbo fijo.