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    17.09.2013

    Un jardín secreto

    jardin

    Luego de meses prácticamente ininterrumpidos de lluvia y frío en Valdivia, durante septiembre se abre una tímida ventana a la primavera sureña. En medio de un ambiente cargado de fiestas patrias, se vislumbran los primeros efluvios de un clima más cálido que se avecina y el sol se atreve a brillar con más fuerza, hasta que una nube se cruza en su camino y vuelve a llover.

    En esos pequeños momentos de triunfo solar, los valdivianos se fían del buen tiempo y salen a pasear ligeros de ropa, como si fuera verano. Uno de los lugares más populares para estas salidas al aire libre es el Jardín Botánico, que por su evidente e indiscutible belleza se ha mantenido por años como un destino predilecto. El parque es lo bastante grande como para albergar a muchos visitantes al mismo tiempo y nunca parecer lleno. La mayoría de las personas se concentran en el corazón del jardín a hacer picnics, leer recostados sobre el césped, pasear sus perros o simplemente caminar, siendo todas estas actividades-menos la última- acciones prohibidas por el reglamento del lugar que figura tallado en un enorme trozo de madera en la entrada, el cual nadie ha acatado nunca.

    Pero como en todo orden de cosas, existe un sector poco explorado dentro del recinto, una especie de jardín secreto al final del terreno que colinda con el río. Tomando un discreto desvío del sendero principal, la vegetación comienza a hacerse más espesa y el sonido del agua y los botes a motor empiezan a inundar el aire, hasta encontrarse inmerso en un tupido bosque a orillas del Calle – Calle. Desde allí es muy fácil ver toda la porción de la ciudad que bordea la costanera y se constituye como un punto estratégico de observación.

    Existe una banca especial, que pareciera estar flotando sobre el río, desde la cual puede verse el astillero de Asenav, el Helipuerto, los edificios de calle Prat y Janequeo, las tierras sin edificar de Las Ánimas y hasta la Feria Fluvial. Pero también aquel lugar encierra episodios de la ciudad que han ensombrecido el ánimo colectivo, hechos que nos recuerdan que la vida tiene vuelcos inesperados.

    Junto al camino que bordea el río, se encuentra la animita de James Emmott, un joven desaparecido y encontrado sin vida en 2002, en extrañas circunstancias. Llama la atención la fotografía que se encuentra dentro del memorial, cubierta por un vidrio. Su rostro joven y alegre, inmune ya al paso del tiempo, se asoma y parece saludar a quien se detiene un momento a leer la placa puesta por sus familiares o simplemente a ofrecerle un minuto de silencio y respeto, en aquella paz inconmensurable que ofrece el lugar.

    Quise mencionar a éste joven porque la vida está llena de contrastes y dentro de la belleza natural que desborda nuestra ciudad también está latente la oscuridad y lo incomprensible. Valdivia es un lugar hermoso pero también muy extraño.