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    22.10.2013

    El Kennedy

    kennedy

    Valdivia es una ciudad que ostenta varios récords mundiales, algunos son obviamente auto adjudicados, producto del exagerado orgullo de ser sureño; inducido a veces por el alcohol o alguna época específica del año y también de una suerte de realismo mágico que influye en muchas ocasiones en nuestro comportamiento ciudadano. Como en todo buen villorrio alejado del centro político y administrativo, nos tratamos de creer el cuento de capital regional, de ciudad turística y cultural; pero finalmente lo que nos define por ley es ese exquisito aire provinciano, que nos convierte en un lugar pintoresco y a veces muy bizarro a los ojos del mundo.

    Dentro de aquellas marcas que han sido superadas en este curioso sector del país, podemos jactarnos de ser -según muchos- la ciudad más linda de Chile, habernos convertido en un referente audiovisual internacional, tener gran cantidad de cervezas artesanales, ser la cuna de talentosos artistas y -mi favorita- “haber soportado uno de los cinco terremotos más grandes de la historia mundial”; me refiero por supuesto al cataclismo de 1960.

    No bastaría una sola columna para referirme a lo que significó el gran sismo o a sus nefastas y providenciales consecuencias. Por ello quisiera desmenuzarlo con delicadeza para detenerme en un episodio que les traerá a aquellos que han pasado la barrera de los treinta, recuerdos de indigestiones, dolores varios y urgencias nocturnas.

    El Hospital Kennedy fue donado precisamente por el presidente John F. Kennedy tras el gran terremoto de 1960, se trataba de un edificio de campaña, para suplir la gran demanda de emergencias médicas que surgieron a causa del desastre y que no podían ser atendidas en las derruidas dependencias de nuestros establecimientos. No obstante, aquel lugar que fue entregado para no operar más allá de seis meses, terminó funcionando por más de treinta años y se convirtió en un ícono de la mala praxis y de los vicios del sistema público de salud chileno.

    Dicen las malas lenguas que en el Kennedy, dentro de las infecciones intrahospitalarias, rondaba incluso la gangrena y que en la sala de espera se te caían sobre la cabeza trozos del techo. Yo personalmente recuerdo dos cosas, la primera es haber caminado muchas veces por fuera y haber percibido olores extraños que provenían de ese lugar y la segunda, un crimen que ocurrió cuando el hospital ya se encontraba desocupado, por eso actualmente puede verse una animita en el sector exterior del supermercado que se instaló tiempo después en ese sitio.

    También me acuerdo de lo gracioso que fue cuando el supermercado llegó a la ciudad y comenzaron a surgir las historias tenebrosas en torno al ex hospital, como la del supuesto testimonio de un nochero que vio de madrugada en la escalera mecánica o el  del fantasma de una enfermera que subía con una camilla.

    Los valdivianos somos seres supersticiosos, atesoramos leyendas e historias maravillosas que se vuelven parte de una herencia cultural que traspasamos a las siguientes generaciones. Es posible que sigamos creciendo en términos demográficos y geopolíticos, pero nunca dejaremos de marcar la diferencia por nuestra identidad sureña o por ese dejo de candidez tan inherente a nosotros.