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    05.11.2013

    Valdivia, algo así como Crystal Lake

    cristalake

    No hace falta tener a un personaje con una máscara de hockey asustando a parejas de adolescentes con una moto sierra en la espesura del bosque o a orillas del río para adjudicarnos el título de ciudad espeluznante. En Valdivia tenemos psicópatas de los mejores y están entre nosotros, convivimos todos los días con ellos y es probable que hasta nos sirvan el almuerzo en nuestro restorán favorito, manejen nuestra cuenta bancaria o nos atiendan en algún centro asistencial de salud.

    Las historias bizarras en la ciudad son abundantes y bastante conocidas, sobre todo en los últimos años donde hemos sido testigos de asesinatos y delitos de grueso calibre. Pero día a día ocurren crímenes silenciosos, pequeños triunfos de la cofradía del mal que gobierna subterráneamente todas las esferas de poder y control social, actos que vulneran nuestra frágil psiquis y nos someten a la doctrina del miedo, todos cometidos por aquellas entidades del sistema de horror que impera en nuestro tranquilo villorrio.

    Vaya usted al dentista, al banco o a algún conocido café; requiera de un abogado, pretenda estudiar una carrera y acceda a una universidad pública o privada, vaya a la iglesia o compre en un supermercado; siempre estará expuesto a caer en manos de éstos maléficos seres que observan de cerca todos sus movimientos y nos hacen zancadillas invisibles para que nos rompamos los dientes. A continuación, algunos ejemplos.

    La otra vez fui a la peluquería ubicada en la manzana de Arauco y Esmeralda y me atendí con una mujer que a todas luces tenía experiencia cortando pelo. Le pedí que me hiciera un corte simple, pero literalmente me peló. Cuando le pregunté qué había pasado, la peluquera cínicamente me dijo que me veía estupenda y que el peinado me favorecía mucho. Me retiré indignada y no le pagué, pero ahora tengo que esconder mi miseria usando pinches por un buen tiempo.

    Hace algunos días fui a la panadería y compré un poco más de un kilo de pan. La mujer que me atendió llenó una bolsa de papel que se veía bastante frágil y me la entregó sonriendo luego de pagarle. Al preguntarle si la débil bolsa resistiría, la mujer me miró en forma siniestra y me aseguró que sí lo haría. Saliendo de la panadería el papel cedió y todo mi pan cayó al suelo.

    Cuando dejé de asistir a mi antiguo trabajo fui víctima también de ciertos demonios camuflados, de criaturas maléficas que hicieron desaparecer los documentos que acreditaban mi antigüedad laboral, mis derechos como empleada y mi historial de servicio. Curiosamente eran los mismos que me tocaba atender todos los días y de un día para otro olvidaron mágicamente mi cara, negando todo vínculo laboral con mi persona. Aún ahora los veo a diario y me sorprende el nivel de desfiguración al que llega su rostro cuando me divisan feliz de la vida, caminando sin culpas, cosa que ellos no podrán hacer nunca.