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    14.11.2013

    Chez Robert

    almacen

    He querido plasmar, con mucho respeto, la historia de uno de los personajes populares más famosos de Valdivia en los últimos quince años. Un hombre que se ha convertido en objeto de misterio y también un fetiche para gran parte de los jóvenes no tan jóvenes que ya hemos pasado la barrera de los treinta y que fuimos sus clientes en más de una ocasión.

    La primera vez que entré al pequeño almacén llamado Chez Robert, ubicado en calle General Lagos, tenía trece años y había llegado hace muy poco al barrio. Mi abuela me mandó a comprar pan para la once y yo muy obediente salí a turistear en busca de algún negocio. Debo reconocer que la fachada no era precisamente atractiva a los ojos de nadie, el local estaba bastante descuidado y la vitrina era un tanto bizarra en su composición escenográfica.

    Recuerdo claramente una torre de papel higiénico marca confort, de etiqueta roja desteñida, y los rollos también en degradé pigmentados por la constante exposición al sol que se encontraban ahí, de seguro, hacía años. Por eso, lo primero que me llamó la atención y me convenció a entrar fue el nombre plasmado en el rechinante letrero, que versaba en francés “Donde Roberto”.

    El interior era realmente alucinante, las viejas estanterías estaban repletas de abarrotes y ristras de ajo, artículos de limpieza y bolsitas de aliños. De hecho, el olor predominante era indiscutiblemente una concentración de pimienta negra y comino. Al ingresar, todo estaba desierto. El escenario lucía apacible y en completa calm,a con tan sólo un gato romano de anfitrión. Una puerta de madera conectaba el local con el interior de la casa que luego me enteraría era habitada únicamente por Chez Robert y su madre.

    El hombre aparecía luego de algunos segundos, con su figura enorme, parándose al otro lado del mesón con una leve sonrisa y una tímida mirada que ocultaba detrás de unos gruesos anteojos fotocromáticos. Su aspecto era levemente siniestro pero no daba miedo, más bien curiosidad. A veces el hombre podía verse andar en su triciclo de reparto en compañía de múltiples perros vagos, como una pintoresca caravana, salida de algún cuento fantástico.

    Mi primera compra fue un kilo de pan y debo reconocer que jamás volví a hacerlo, porque me vendió una bolsa de tortillas congeladas que guardaba en una heladera y que estaban duras como piedras. Recuerdo que luego de pagar me fui caminando con el pancito golpeándolo con las rodillas como si fuera una pelota de fútbol y al llegar a mi casa mi abuela me mandó a botar la bolsa completa con un reproche verbal irreproducible. Pasó el tiempo y a pesar de los reclamos de mi amada Nona, yo siempre volvía a comprar cualquier cosa a ese negocio, tan sólo por ver a Chez Robert. Generalmente eran dulces, luego cigarros, papelillos y algún brebaje no permitido a menores de dieciocho años. Sin duda, es uno de los almacenes más curiosos que he conocido en mi vida. ¡Y eso que he estado en muchos!