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    22.11.2013

    La antigua ruta del bajón nocturno valdiviano

    comida callejera

    Caminando por la calle Camilo Henríquez me di cuenta que hace mucho no transitaba a pie por ahí, probablemente más de un año. Creo que por eso mi sorpresa fue extrema al comprobar que muchos de los pequeños locales que conocí de niña habían sido demolidos y en su lugar sólo quedó otro gran terreno baldío que deprime aún más el rostro de nuestra querida ciudad.

    Ya no existe en ese sector la Ruca Indiana, la Frutería Tropical o el mítico Valdipap; local que sería testigo de varios episodios memorables, como escándalos parejeros de tragedia griega, palizas en patota y uno que otro asalto; además de proporcionar a zombies hambrientos reponedoras viandas luego de curaderas épicas. El que no moría intoxicado salía caminando de lo más repuesto y volvía siempre a comer alguna cosilla, desafiando todas las leyes del equilibrio intestinal. Creo que por eso con los años se convirtió en el lugar predilecto de la fauna de trasnoche valdiviana, sin distinción social.

    Mentiría si dijera que alguna vez comí en el Valdi, pero fui muchas veces acompañando a mis amigos que se arrastraban por un poco de aceite a la vena que los sacara de ese sopor alcohólico que ataca en las frías noches sureñas a los jóvenes descarriados. Recuerdo perfectamente el olor a fritura colándose espeso, casi tangible, por mis fosas nasales, y esa mezcla inequívoca de palta y mayonesa que me llegaba de la boca de los comensales cuando hablaban mientras devoraban un completo gigante.

    Pero no sólo ese local recibía a las almas errantes, también existía el Papas Charlie, el Zippo y mi favorito por la originalidad de su nombre: “La gran papa”. No podrían imaginar la cantidad de conclusiones y fantasías que elaboré en torno al origen de ese curioso bautizo, pero siempre quise creer que muy en lo profundo de ese local, tal vez escondido tras una puerta secreta, existía un gran tubérculo viviente, como Jabba The Hut, que gobernaba y controlaba las ventas en el lugar.

    Con el tiempo, los locales fueron desapareciendo y los que quedaban se poblaron de rejas y elementos de seguridad, un clima hostil rondaba el ambiente mezclándose con los bondadosos vapores de las freidoras. De pronto la vida nocturna que nos recibió con los brazos abiertos a mediados de los ’90 se volvió turbia y peligrosa, los taxistas comenzaron a ponerse más agresivos y la gordita de los completos ya no nos sonreía como antes.

    El único que aún se mantiene estoico es el Ene – Ene, imperturbable al paso de los años. Hace algunos días me encontré con compañeros de la universidad que venían saliendo de ahí y habían ido a almorzar, ¿será que han decidido ampliar el rubro al horario diurno y dejar al público bohemio en segundo plano? Estamos más viejos, es cierto, pero confío en que nuestros fantasmas adolescentes seguirán comiendo chatarra en noches desiertas donde una vez existieron esos locales. Desapareceremos entre la niebla como espectros y reencarnaremos en grasa vegetal parcialmente hidrogenada.