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    27.11.2013

    La hiperrealidad de los supermercados antes de los megamercados

    supermercado

    Rústicos carros con publicidad de productos de aseo en el pasamanos. Cera Casino, Clorinda, Jabón Camay, Lux y Tanax. Pasillos llenos de aserrín y acomodadores grises que vestían overoles de ferretería. Música horrible emitida desde rudimentarios teclados Casio, operados por intérpretes que parecían ser esclavos encadenados a la baranda de contención que los cercaba, en una especie de jaula emplazada en las alturas.

    Vivíamos en una dimensión monocromática donde nuestras voces y las del resto se oían en formato midi. Como niños estábamos obligados a acompañar a los adultos a despachar aquellas deplorables listas de abarrotes, como si aquel procedimiento fuese un panorama. La disyuntiva siempre estaba entre ver dibujos animados en blanco y negro o pasear dentro del carro, contemplando góndolas llenas de productos que ya no existen.

    Antes de que las cadenas conquistaran el país, existieron en Valdivia muchos supermercados locales, lugares que se mantuvieron durante años, incluso en decadencia, fieles a una clientela anciana que fue desapareciendo; hasta que sobrevino el boom de las tarjetas y la comida se comenzó a digerir en tres cuotas precio contado.
    Mi repulsión hacia la carne de vacuno proviene de una época inmemorial, donde me alimenté casi íntegramente de bistec con algo. Mi amada abuela, en su radical creencia de que la proteína animal salvaría al mundo, me alimentaba seis veces por semana con un trozo de carne acompañado con algo. Esos bistecs eran comprados en Las Brisas, al ritmo del tecladista que anunciaba al borde del colapso: “Hoy martes, día de la carne”.

    El imperio árabe se tomaba también el rubro de los alimentos, así podíamos ir a comprar al mítico Kapel, al Milán, al supermercado Arauco y luego al Hiper Unico que ahora pertenece a una cadena, bastante cara por lo demás. De los productos curiosos que recuerdo haber visto, de la mano de mi madre o mi abuela, estaban los chocolates “¿Qué me trajiste?” que incluían trucos de magia, los bombones Alegretto, el Shampoo Linic, los helados LB y las colonias Monix en frasquitos de colores y en una amplia gama de pasosos aromas.

    Hace algún tiempo, luego de un año nuevo, me encontré en la calle con una bolsa de Las Brisas que parecía nueva, llena de basura, como si fuese de cualquier supermercado actual. Me detuve a contemplar el curioso logo, como una especie de naranja atravesada por un plátano, sumamente básico pero efectivo en términos de publicidad. El local llevaba años cerrado y en su lugar se instaló una tienda de retail que borró su imagen para siempre. Me pregunto quién habrá guardado una bolsa en tan buenas condiciones para luego usarla -casi una década después- de basurero. La única explicación que se me ocurre es que Valdivia está llena de nostálgicos empedernidos.