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    04.12.2013

    ¡Oh! Valdivia alcoholizado

    botilleria

    De niños nos criaron en base a axiomas que nadie se atrevía a cuestionar, como por ejemplo que ver la tele de cerca te dejaba ciego, que el salir de noche era muerte segura y que si fumabas te salían bigotes; indistintamente si eras hombre o mujer. Todas reglas que obedecíamos –hasta cierto punto- de malas ganas por estar sumidos en la doctrina del miedo a cualquier cosa, a nuestros padres, a no hacer lo correcto o a ser condenados por el resto.

    Dentro de toda esa maquinaria de prohibiciones, también se nos inculcó que tomar era malo, que si empezabas muy joven se detenía el crecimiento y quedabas enano, que con el copete de baja calidad o en exceso el hígado se hacía bolsa y el cerebro literalmente se freía. Las señoritas decentes tampoco debían tomar, porque el tener hálito o andar pasada de copas era una mala señal, los hombres podían confundirte con una suelta y hasta ahí no más llegaban tus posibilidades de casarte bien y formar una familia.

    Yo tuve un profesor en la básica, que hablaba con mucha propiedad de la cantidad –casi exacta- de neuronas que morían al tomarse una piscola, dos piscolas o al pegarse una tranca considerable un fin de semana, cuantificándolo todo en células muertas y porciones de cerebro afectadas en millonésimas de milímetros. Debo reconocer que años después, en mi adolescencia, muchas veces me sorpendí haciendo el cálculo durante una fiesta, de cuántos centímetros de cerebro tendría inservibles cuando cumpliera treinta, pero ahora que esa edad ha llegado, no tengo el más mínimo interés en saberlo. Pero a pesar de todas esas terribles advertencias, que ahora las recuerdo ambientadas con una sinfonía wagneriana, los valdivianos comunes y corrientes nos familiarizamos con el alcohol desde muy temprano y eso bien lo saben nuestros pogenitores y tambièn los comerciantes locales, que ante tal cantidad de demanda, no han dejado pasar la oportunidad de instalar múltiples botillerías en toda la ciudad, atendiendo a la norma nacional que es más evidente en los pueblos pequeños, de prácticamente una botillería por cada habitante (me encanta exagerar pero yo sé que me entienden).

    Es así como por ahí a los trece o catorce años hacíamos una “cuchita” y partíamos en patota a comprar a la famosa Yungay, ubicada en el centro, para luego dirigirnos a la Costanera, con un deplorable botín consistente en vino en bolsa galáctica marca Segú Ollé, Bueníssimo, Fresco o Tocorna. Este último con la imagen de un encopetado señor que nos lanzaba una mirada de reproche tras un siútico monóculo. Como si fuera poco, también comprábamos una cajetilla de cigarrillos Life y cuando estaba por acabarse el vino no faltaba el atrevido que le hacía un hoyo a la bolsa y fabricaba una “Pipa de la paz” que dejaba a dos o tres vomitando, al borde del shock. La Yungay también tenía una sucursal en los locales comerciales de Huachocopihue, la Yungaycito, donde habitaban el Chico Malo, el tío Mario y el Chumingo; unos muy queridos borrachines del barrio.

    También por esos años comprábamos en la Navarro, en don Cami, en la San Pato , en El Estribo, El Torreón y en los clandestinos que no nombraré para que no me reten; pero todas fueron nuestras fieles farmacias de turno. De los locales podría hablar eternamente, pero las mejores guaridas eran los parques y bosques, como Los Tubos, el Santa Inés, el Parque Londres o las múltiples pampas donde ahora hacen villas horrorosas. Algunas botillerías siguen en pie, soportando a muchachitos impertinentes como fuimos nosotros, que por hacer la gracia de la semana, se juntan a escondidas a curarse en masa con un litro de maldad. Es verdad que los tiempos han cambiado y los jóvenes ahora ya no tienen el miedo que nosotros cargábamos en los hombros, el empoderamiento los arroja a situaciones más riesgosas, a límites que jamás hubiésemos imaginado hace quince años, cuando éramos una pandilla de pecosos pecadores y sin rumbo.