Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    12.12.2013

    Música, locura y fiestas de espuma

    espuma

    Si hoy en día alguien dice scanner en Valdivia, probablemente se esté refiriendo al examen médico que te practican cuando quieren confirmar o descartar algo malo. Pero hace algunos años existió en nuestra ciudad una famosa discotheque que llevaba ese nombre, lugar donde los quinceañeros de fines de los noventa, nos iniciábamos en la faceta glamorosa de la vida nocturna local.

    Personalmente, mis carretes comenzaron antes de pisar por primera vez la desaparecida “Scanners”, más bien apuntando a otro tipo de locales, un poco más underground si queremos encasillarlos, donde se realizaban tocattas metaleras y se vendía cerveza de litro a bajo costo. Pero como buena niñita de clase media, me juntaba con mucha gente variopinta y cuando comenzaba a levantar sospechas debido a mi comportamiento apático, aterrizaba en el mundo frívolo de mis compañeras de curso y terminaba acompañándolas a bailar, siempre y cuando se cumplieran algunos requisitos mínimos: no pagar la entrada (en ese tiempo era fácil conseguir freepass), que me garantizaran el traslado también gratuito, que hubiese cigarrillos ilimitados y que no me obligaran a bailar con ningún jovencito, porque para ser sincera el sexo opuesto comenzó a interesarme bastante tarde.

    El vestirse para la ocasión era todo un drama para algunas, desde muy temprano las chicas comenzaban a alisarse el pelo con plancha, pero las de verdad, con las que planchabas la ropa, quedando muchas veces con el cuello torcido y las puntas chamuscadas. Otras, menos agraciadas, debían depilarse durante horas y las más indecisas pasaban largo rato eligiendo los atuendos más sentadores. Pero a mí me bastaba con lavarme los dientes, no porque fuera más hermosa, sino porque era definitivamente la más despreocupada de todas por la apariencia.

    Las fiestas de espuma eran los eventos más esperados del verano. En las primeras llenaban la pista de baile con una espuma química súper irritante, que si te entraba a los ojos te dejaba igual que un conejo. Me acuerdo que inundaban el lugar y uno salía mojado, muerto de frío y medio cocido a las cinco de la mañana y ningún taxi quería llevarte. También hacían concursos y lanzaban pelotitas saltarinas al fondo de la piscina que valían por una piscola, yo una vez me dediqué a buscar pelotas y la espuma me tapó, estuve varios minutos tratando de encontrar la salida entre patadas y taconazos de minas histéricas que se asustaban cuando yo aparecía como un tiburón entre las profundidades.

    También me acuerdo de una fiesta Cristal, cuando me gané dos entradas para ver a U2 el ’98 en la gira Pop Mart. Había un team mexicano de chicas guapas que me regalaron trago toda la noche y luego me invitaron a participar a un concurso en extremo fácil, entregándome la victoria en bandeja. No sólo fueron los tickets, también poleras, paletas, cortavientos y un sin fin de cosas, todavía me acuerdo la cara de mi mamá cuando me vio llegar tambaleante de madrugada llena de curiosos artículos, como si me hubiese interceptado un camión de caridad de la Unicef.

    Famosas eran las quemaduras de cigarro, las parejas besuqueándose en los sillones, las niñitas de colegios cuicos vomitando en el baño y las historias de guardarropía, donde los curaos se hacían ojitos y salían juntos, perdiéndose en el frío de la noche. Yo como niña en crecimiento, no encontraba nada más simpático que tomar vodka naranja y mirar a mis amigas ir detrás de los chiquillos, fumando agrandadas e impostando la voz. A veces pasaba toda la noche sentada en la barra, mirando al resto comportarse de manera extraña o me concentraba en el Dj que estaba en una caseta como un acuario en las alturas, y a veces se rascaba la entrepierna o se sacaba un moco mientras ponía música.

    Ahora está prohibido fumar dentro de los antros y los jovencitos se juntan en locales sin identidad. Y así existieron y coexistieron varias pistas de baile para todos los gustos y generaciones, la Izma, la London Pub, la Cadillac, la A-ha, la Chada’s y El Salvaje; cada uno en su curioso estilo. Mis amigos metaleros me retaban cuando optaba por la Scanners en vez de una tocatta, pero igual terminaban esperándome afuera hasta que me aburriera de escuchar musiquita de película gringa. Esos sí que eran compañeros de andanzas.