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    19.12.2013

    Los Tubos

    bosque

    Durante mi infancia siempre rondó un libro de mitología, un verdadero atlas de lo mágico y esotérico que hacía referencia a las culturas más antiguas de la historia, ilustrado con feroces leprechauns, trasgos y basiliscos; pero también con criaturas hermosas como hadas, ninfas y náyades. El compendio se llamaba “La enciclopedia de las cosas que nunca existieron” y podía pasar horas leyéndolo y observando cada uno de sus detallados dibujos, que parecían verdaderos retratos de aquellos seres que -cuando crecemos- la razón obliga a situar en el más olvidado rincón de nuestra memoria.

    Siempre creí que a ese libro le faltaba un apéndice bastante importante, uno que se refiriera únicamente a los lugares que jamás han existido para la gran mayoría de las personas, pero que sin embargo muchos de nosotros hemos visitado e incluso algunos nos hemos quedado allí largas temporadas.

    Valdivia está rodeada de espesos bosques, pero en su corazón la ciudad ha opuesto resistencia a sí misma, como en una afección autoinmune, rechazando el avance de la urbanidad en sectores poblados por casas, colegios y supermercados, prevaleciendo la foresta por sobre el gris cemento que todo lo endurece. Uno de esos lugares privilegiados, donde la naturaleza ha ganado la batalla, es el sector de Huachocopihue, con sus verdes y extensas espesuras aún intactas, es un paraíso que alberga la memoria de una ciudad fantasma, donde aún subsiste imperturbable la magia.

    Justo en medio del bosque que se encuentra en cierto sector del barrio en cuestión, inmediatamente detrás de un frondoso y espinoso arbusto, se encuentra la entrada al sitio que fuera nuestro secreto mejor guardado por años: los tubos. Un pasadizo intricado, resbaloso y oscuro, donde luego de atravesar una serie de obstáculos, podíamos llegar al comienzo de la gran estructura tubular del desagüe, que cruza de cabo a cabo el pantano colindante con la villa El Bosque.

    En ese lugar no sólo se bebía a escondidas, se contaban historias, se hacían promesas y se quebraban las reglas. Trato de recordar las veces que crucé los tubos caminando usando pesados bototos en pleno invierno, avanzando sobre la superficie resbalosa, sola o con algún amigo a cuestas que no podía andar de borracho. Nunca caí al agua estancada del pantano que aguardaba impaciente debajo de mis pies, pero hubo ocasiones en que estuve al borde de sumergirme en ese indescriptible líquido espeso y humeante.

    En ocasiones sentimos miedo, jugábamos a estar perdidos, el viento nos rugía en la cara y la oscuridad cercaba nuestros pasos, sin dejarnos ver siquiera al compañero que estaba adelante. Sin embargo volvíamos una y mil veces a practicar extraños ritos, como una tribu de niños huérfanos perdidos en la noche. La maldad y la muerte rondaron siempre sin tocarnos, nunca vimos a IT el payaso, pero lo presentimos muchas veces.