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    24.12.2013

    Laberintos olvidados

    galeriacomercial

    En esta época de stress de fin de año y consumo excesivo, la gente anda aturdida y entra como una manada autómata al mall a comprar la mayoría de sus obsequios navideños. Sin ánimo de criticar tales prácticas, ya que cada uno es libre de hacer con su dinero lo que le plazca, quisiera que recuerden al momento de invertir en compras navideñas y otras festividades, que también existe el comercio local, pequeñas empresas valdivianas que ofrecen muy buenos productos y a excelentes precios, así la balanza se equipara y no sólo el retail engorda sus arcas.

    Hubo una época en que Valdivia prácticamente se auto sustentaba y había tiendas especializadas en una diversidad de rubros, donde podías encontrar de todo un poco. Antes del terremoto, nuestra ciudad se constituía como uno de los ejes industriales del sur de Chile, articulando una ruta comercial en relación a la cuenca fluvial, convirtiéndonos en un punto estratégico para la inversión de capitales nacionales e internacionales. Cuando yo era pequeña, ya muchas fábricas y sus respectivos puntos de venta habían desaparecido, pero en su lugar se abrían paso las galerías, formato arquitectónico que experimentó un boom en los ochenta, junto con los casi desaparecidos “caracoles”.

    Si recorremos el centro, aún nos encontraremos con algunos vestigios de esa época dorada, en su mayoría locales que subsisten gracias a una clientela fiel que los prefiere hace años o aquellos clientes ocasionales que se adentran en aquellos laberintos para capear el calor o la lluvia, cuando el clima no acompaña. Prácticamente todas nuestras comprabas se centraban en aquellos pequeños centros comerciales y cuando la vida pueblerina era aún más evidente que ahora, eran también punto de encuentro y panorama obligado en los paseos dominicales.Una de aquellas galerías que marcaron nuestra infancia y juventud fue la recientemente destruida Galería Nass.

    Todos los años en marzo, acompañaba a mi mamá a despachar la lista de útiles escolares a la librería Acuarela’s y lo que nos faltaba se completaba en la librería Cervantes. Al entrar a la galería, lo primero que te agarraba era ese olor inconfundible a maní tostado que provenía de la Tosty, recuerdo plantarme frente a su vitrina con esa especie de acuario lleno de frutos secos con piel que se exhibía para tentar a la gente, hasta que mi mamá me compraba una bolsita de dulces o lo que se me ocurriera, todo lo vendían por gramos, como en esos almacenes antiguos.

    Otro punto temido por los padres eran los dos puestos de helados Savory, donde vendían barquillos de máquina y artesanales, me acuerdo que las tres mesitas siempre estaban llenas y siempre había que hacer fila para pagar los helados.

    Cuando empezó a interesarme en serio la música, mis primeros cd los compré en la disquería Popsi, donde sin importar qué edad tenías, cuánto comprabas o si comprabas o no, don Samuel te atendía como el mejor cliente. Se tomaba todo el tiempo del mundo y te daba una entretenida cátedra sobre la banda que consultabas, uno podía preguntarle de todo, el hombre sabía a la perfección los detalles de cada disco que vendía como si cada uno hubiese sido especial y único. Nunca he vuelto a recibir mejor atención en mi vida.

    Al mes siguiente me acuerdo que volvía, después de haber juntado mesadas, trabajos esporádicos, lo que fuera y me compraba otro disco, así llegué a tener una considerable colección que llegó a varias decenas, las cuales perdí en un cambio de casa, todavía me lamento por ello.

    Me pregunto si las generaciones de ahora saben del verdadero valor de un buen disco, más allá de la tendencia hipster de acaparar vinilos sin saber qué es lo que tienen en las manos, o si saben apreciar el hecho de entrar a una tienda y que te reciban en forma amable, te dediquen tiempo y se esmeren por darte el mejor producto acorde a tus necesidades. Claramente aquella virtud se está perdiendo cada vez más rápido, al igual que esa mágica conexión que se da entre las personas cuando dedican tiempo a conversar cara a cara, sin una interfaz de por medio.