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    06.01.2014

    Matrícula condicional, algunos colegios valdivianos

    school

    Mi vida escolar estuvo siempre marcada por altos y bajos, he aquí algunos.

    El primer colegio donde estuve fue la Inmaculada Concepción, en el tiempo en que era un establecimiento únicamente para señoritas y estaba liderado por monjas roncas y robustas de frondoso bigote, que daban un poquito (en realidad harto) miedo. Estuve ahí tan sólo un año para cursar kinder, luego que mi madre hiciera toda su enseñanza en ese establecimiento y albergara la ilusión de tener una “niñita bien educada”, pero la corta experiencia que tuve me bastó para toda la vida. Recuerdo perfectamente a una religiosa con aliento a cigarro que me enseñaba manualidades y me hablaba con la misma voz de Barry White, creo que no necesito seguir describiendo.

    Luego fui a parar al colegio Alemán, no sé por qué en realidad, tal vez por esa obstinación de nuestros padres de creer que un colegio caro es obligatoriamente bueno y que garantiza el ingreso a la universidad. Pues les contaré que, si bien duré bastante tiempo ahí, prácticamente toda la básica y efectivamente aprendí alemán, finalmente no ingresé a una carrera tradicional, ni fui puntaje nacional, tampoco me casé con un millonario ni fui reina de belleza. Pero el submundo en ese lugar era bastante bizarro y es ahí donde quisiera detenerme.

    Siempre llegaban profesores de Alemania y casi siempre estaban mal de la cabeza, tenían discursos racistas, autoritarios, sufrían de labilidad emocional o demostraban ser en su mayoría apitutados, que eran tratados mejor que los profesores chilenos, sólo por ser alemanes. Mis compañeros eran sumamente fijados, marqueros, molestosos y en ocasiones crueles, pero a mí me querían bastante y yo a ellos. De hecho, cada vez que me encuentro con alguno de esos demonios se me llena el corazón de una alegría babosa, algo así como chochera, un sentimiento de respeto por la infancia pasada junto a ellos. Algunos son adultos bastante interesantes y he pasado buenos momentos en mi pasado reciente disfrutando de su compañía.

    Recuerdo que uno de los pecados capitales era juntarse con gente de otros colegios, porque era “tchulo”, cosa de la cual me reiría justo al año siguiente que no me renovaron la matrícula, por acumulación de anotaciones negativas y suspensiones. Desde ese instante, tuve que juntarme obligatoriamente con gente de no sólo uno, sino una seguidilla de colegios hasta que logré salir de cuarto medio, a palos. No quiero ser dura con mi querido Deutsche Schule, tuve muy buenos profesores, como Tatiana Agüero y la Frau Carmona, que sembraron el gusto por el lenguaje, pero debo ser honesta al decir que comparado con todos los colegios donde estuve después, en términos de diversión, era bastante fome.

    Fue así como luego de ser expulsada llegué al desaparecido Colegio Hispano Montessori, un establecimiento con fama de flojo que funcionaba en una casa de barrio. La metodología era novedosa y te abría un mundo de opciones para aprender en forma sistemática pero sin presiones, régimen al cual yo no estaba acostumbrada, mi mente aún exigía que me ladraran en la oreja. Ahí los niños no usaban uniforme, los hombres andaban con el pelo largo y podías fumar en el patio.

    Era el año ’96, tenía que entrar a octavo básico y era bastante madura para mi edad. No obstante, mi madre -para que no me perdiera- contrató un furgón escolar destartalado que me iba a buscar y a dejar, provocando que desde el primer día mis compañeros me pusieran el sobrenombre de “picapiedra”, haciendo alusión al pintoresco troncomóvil. Así, cuando llegaba la hora de salida y el monstruoso auto amarillo me esperaba estacionado afuera del colegio, mis nuevos “amiguitos” en forma sincronizada hacían la mímica de ir en un auto impulsado por sus propios pies.

    En ese remanso de creatividad y alumnos vagos, la opción de aprender siempre estuvo, había buenos profesores en todas las áreas, pero lamentablemente llegábamos elementos raros a arruinar el ambiente. Diría que el germen de mi inquietud e interés por las letras se inició allí, en el lugar donde pude darme cuenta que no servía para la pintura, pero mi profesor de arte se percató que algo de talento tenía para la escritura y me incentivó a seguir. Nunca me adapté bien. Era en extremo liberal para el regimiento del instituto alemán, pero demasiado fascista para el colegio hippie; estaba perdida.

    Continuará…