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    15.01.2014

    Matrícula condicional, algunos colegios valdivianos (segunda parte)

    colegio

    El año 98 llegué al Armando Robles, sin matrícula, por mera intercesión de mi madre. Desesperada luego de mi fracaso en el colegio anterior, habló para que me aceptaran en el liceo, que en ese tiempo destacaba por el buen rendimiento de sus alumnos. Había cursos de la A a la G por orden de notas, cada uno con más de cuarenta almas, siendo los de la letra G los más aplicados y, en esa lógica, las notas decrecían hasta los más porros. Yo, por mis antecedentes, quedé automáticamente en el A, y a mucha honra.

    Tenía quince años, el pelo largo y usaba unos femeninos bototos militares que remataban unos pitillos negros horrorosos, que usaba como pantalón de colegio. Sobre la blusa blanca y corbata burdeos llevaba (invierno y verano) la misma chaqueta de mezclilla, una pinta que no pasaba desapercibida para los inspectores.

    Era habitual fumar en el patio y el señor Fica salía a cazar a los más incautos, a mí jamás me atrapó, siempre tuve la rapidez de pasarle el pucho a otro antes que me sorprendieran. El Rambo, auxiliar, amigo y cómplice; hacía la vista gorda y nos dejaba echar humo detrás de su garita, que estaba completamente intervenida con graffitis hechos con corrector y plumón permanente. Una antología de poemas de amor e improperios dedicados a algunos profesores y alumnos destacados.

    La bibliotecaria, una señora delgada y buena para el pucho, me aguantaba en sus dominios en horarios totalmente inadecuados. Acostumbraba a correrme de física, química y matemáticas para ir a leer a la biblioteca o simplemente mandarme a cambiar a la casa. Cuando optaba por lo primero, la señora me recibía siempre amable, a veces poníamos música, otras, me convidaba cigarros. Durante dos años tuve libre acceso a las estanterías, me leí todo lo leíble de aquella colección modesta de títulos aceptados por el ministerio de educación.

    Aún siento mucha gratitud por aquellos educadores públicos, que con pocos recursos hacían que uno se entusiasmara por ir al colegio. La tía Valeska, el Chico Cid y Ramírez; inspectores de aspecto severo que guardaban una profunda vocación por la enseñanza. Luisa Bastidas (Cloro), Lidia Bahamondes y Norka Vera; mis profesoras de castellano que llevaré siempre en el corazón. La señora Correa, el Quisto y el Mata Lápiz; mis profes favoritos de otros ramos. Sin ellos hubiese quedado debiendo puntos en la PAA y la PSU (sí, las di todas).

    El liceo fue mi época escolar más feliz, hice maldades como nunca y conocí mucha gente diversa. Eso creo que terminó de abrirme los ojos y despojarme de prejuicios y conceptos errados que arrastraba de mi infancia burguesa. Hace poco me encontré con el señor Zurita, otro de los inspectores (éramos tan malos que había muchos). Fue una de tantas sorpresas que ocurren en el supermercado, se veía mayor pero me reconoció en seguida. Me preguntó cuántos años tenía, le dije treinta y sobrevino el silencio. Su rostro se desencajo levemente, luego sonrió con nostalgia.