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    24.01.2014

    La Araucana y los centros de educación para adultos

    colegioadultos

    Imaginemos la siguiente situación: un grupo de jóvenes entre 18 y 25 años, discutiendo acaloradamente sobre cuál es el nombre del villano de la serie animada Transformers. En un contexto témporo-espacial previo a la aparición de saga estrenada en 2006, cualquiera diría que aquella escena corresponde a un carrete, nunca a una sala de clases.

    Pero se equivocan, así eran mis mañanas mientras cursaba cuarto medio en La Araucana, un centro de educación para adultos que funcionaba bajo el alero de una caja de compensación (suena bastante raro, pero es cierto). Teníamos clases de lunes a jueves de 9 a 11, horario más que ejecutivo, donde concentraban la mayoría de las asignaturas.

    Fui a parar a ese lugar por decisión propia, luego de haber hecho tercero medio dos veces en el liceo. Tenía 18 años y la mayoría de mis amigos cercanos habían salido de cuarto, me sentía volando en un espacio aéreo desconocido. Como ya era mayor de edad, me fui a matricular para terminar el último año de educación en un semestre, una opción en extremo perezosa, pero válida, porque estaba aburrida de ponerme uniforme y levantarme temprano. Además el chico que se había robado el timbre de inspectoría y me timbraba la libreta de comunicaciones cuando llegaba atrasada, para no tener que pedir “pase” había sido expulsado. Mis colaboradores estaban desapareciendo.

    El hecho de haber estado en múltiples colegios me favoreció, porque a cada lugar donde voy siempre me encuentro con alguien conocido. Además, nunca fui lo suficientemente molestosa para que me odiaran, salvo en contadas ocasiones que tal vez relataré más adelante, en una columna llamada “Personas frustradas y otros detractores”. Ese capital intangible que finalmente es conocer a mucha gente, me salvó en más de una oportunidad para no sentirme como pollo en corral ajeno en cada lugar donde iba a parar.

    Pues bien, llegué el año 2001 al curso más freak que podía encontrar para finalizar mi enseñanza media, una especie de circo bizarro con elementos únicos e irreproducibles que trataré de describir brevemente sin dar sus nombres verdaderos.

    Recuerdo que aquel curso estaba conformado tanto por verdaderos adultos, taxistas, asesoras del hogar y trabajadores de varios rubros; como por jovencitos como nosotros, ovejas descarriadas que a pesar de cumplir con la mayoría de edad, no éramos capaces de hacernos cargo de un cuaderno.

    El Chico, amigo de la infancia que también había sido mi compañero en el liceo, había llegado al mismo lugar para terminar el colegio. Siempre nos sentábamos en la segunda o tercera fila para no levantar sospechas y ahí nos dedicábamos a patanear. Con él y con el Pelado entablábamos discusiones ociosas como la de los Transformers. En varias ocasiones, esas tertulias provocaban gritos histéricos de la profesora, que terminaba perdonándonos debido a que yo era su alumna favorita, porque sabía pedirle permiso para ir al baño en perfecto inglés.

    Shinco Peshos hablaba poco, yo creo que por su problema de protrusión mandibular, que le valió el sobrenombre en cuestión. Debo decir en mi defensa que el alias ya lo tenía cuando lo conocí. Era más bien extraño y mantenía cierta rivalidad con algunos compañeros, por eso y porque sólo estuve en cuarto medio cuatro meses, nunca lo conocí bien, pero a veces me acuerdo de su cara acusadora, mirándonos fijo cuando hacíamos maldades en la sala.

    También estaba “Muriel”, una chica sumamente desequilibrada y mitómana, pero buena gente, que bautizamos con ese apodo porque hablaba igual que el dibujo animado “Coraje el perro cobarde”. Tenía una facilidad innata para contar historias llenas de ficción, planteándolas como experiencias personales, con un desparpajo que no he vuelto a ver en mi vida.