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    03.02.2014

    La chatarra de mis sueños

    fuentedesoda

    Creo que existió una vez en el centro de Valdivia, un lugar sombrío y silencioso, donde el tiempo parecía estar encapsulado, detenido por siempre en un portal dimensional de frituras y escenografías extrañas.

    A pesar de operar en pleno corazón comercial, justo al lado del desaparecido Café Paula, el local estaba emplazado de manera poco evidente, yo diría estratégico o más bien escondido. Podías caminar justo afuera de su puerta y pasar de largo sin notar el tímido cartel que decía “abierto”. Pero de noche, el panorama cambiaba, las luces de neón ejercían su poder hipnótico.

    Las almas errantes que al morir el día buscábamos donde saciar el hambre nocturna, podíamos encontrar siempre un refrigerio caliente y sabroso, devorándolo sumidos en una calma funeraria, sin perder el encanto de la ensoñación narcótica. Sobre todo en verano, cuando se escondía el sol y bajaba el calor, me dirigía religiosamente a esa pequeña puerta mágica, que parecía hacerse visible pasadas las siete de la tarde.

    Entraba y jamás había nadie, ni clientes ni dependientes. El sitio estaba completamente vacío, pero oliendo a comida, como en aquellos relatos navales de fantasmas, donde narran las apariciones del Lusitania. La única luz que había era artificial y fluorescente, además de los tubos rojo y azul que adornaban la pared como una nave espacial. Pero no, no era un escenario futurista, yo diría que aquello era una manifestación espectral de una fuente de soda de los años 50.

    Recuerdo que había mesones largos, dispuestos en relación a la pared como una barra, con banquillos redondos altos, todo en tonos rojos. En la pared principal se podía apreciar un afiche de Marilyn Monroe, junto a la fotografía gigante de una hamburguesa con papas fritas y otras imágenes de comida.

    Ahora que me pongo a pensar, dudo que ese lugar haya existido realmente. Si mal no recuerdo, nunca pedí nada en forma verbal, siempre mi tentempié parecía estar listo antes de que yo llegara, como si el ser que habitaba en la cocina hubiese leído mi mente y me estuviese esperando.

    Tampoco pudo ser real el sopor que me mantenía imantada dentro del local, la mente en blanco, aquellos colores que surgían de las sombras, la emanación constante de vapores embriagadores, esa soledad inmensa, la paz estomacal y el triunfo del ácido clorhídrico o las huestes de grasas trans abandonando mi sangre en vez de apostarse en mis arterias. Nada de eso pudo ser posible, de no estar inmersa en un sueño profundo.

    Lo que reafirma mi creencia es, que nunca vi a nadie más dentro de ese local. Siempre fuimos yo y la mano anónima que me extendía el cucurucho de papas fritas, a través de una misteriosa ventanilla que no dejaba ver nada del abismo oscuro del otro lado.