Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    17.02.2014

    Chile, un país esculpido por el mar: La isla de los sueños (Segunda Parte)

    chiloe

    Dentro de Chiloé, Castro es sin lugar a dudas la ciudad más desarrollada, pero detrás de ese casco urbano lleno de comercio, guarda un corazón de pueblo, como un ser puro que no ha perdido todavía la inocencia.

    Debo mencionar y reconocer con admiración la oposición de sus habitantes a la construcción del bullado mall, tema que repelen y descartan de sus conversaciones, como si se tratara de una leyenda nefasta.

    En cada rincón de la isla que estuve, me asombró el hecho de que cada pueblo a pesar de estar muy próximos unos de otros, conservan una identidad propia, algo especial que los hace únicos.

    Chonchi me recibió con una tormenta de proporciones bíblicas, que al rato fue amainando hasta convertirse en un débil aguacero. Para pasar el frío y el hambre, nada mejor que un sorbito de licor de oro y unas curiosas roscas chonchinas, mientras visitaba el museo y conocía algo más de la vida de los pueblos originarios, en una muy bien lograda réplica de vivienda indígena de principios del Siglo XX.

    Dalcahue, dominado aún en nuestros tiempos por el pirata Barba Roja, recibía a la enorme cantidad de turistas con sus aguas mansas y sus pequeñas embarcaciones encalladas en la orilla. Al frente, silenciosa y serena me esperaba la isla de Quinchao, donde tras cruzar en barcaza un breve trayecto, pude adentrarme en la espesura de su vegetación, por una carretera prácticamente desierta.

    Lentamente en el camino iban mostrándose tímidos los primeros pueblos que forman parte de esta porción del archipiélago, comenzando por San Javier, luego Curaco de Vélez hasta llegar al extremo más alejado que robaría mi corazón para siempre, Achao.

    Ante mis ojos se abría imponente el mar embravecido en la costanera, bajo un cielo gris impregnado de venas negras y palpitantes. Sus habitantes tímidos, algunos de etnia pura, me hacían recordar a los primeros hombres veliches y chonos que recorrían esos parajes en pequeñas dalcas revestidas de cuero de lobo. Pregunté al mar por sus nombres y me contestó el viento huracanado rugiéndome en la cara.

    Faltó tiempo para conocer otros lugares, pero no dudo que habrán más oportunidades de seguir recorriendo la isla de los sueños. Creo que por sus atributos naturales y por el empeño de su gente, esta hermosa isla debería ser región, como merecido reconocimiento a aquellos chilenos aguerridos que hacen patria en lugares recónditos, torciéndole la mano a la naturaleza salvaje de nuestro Chile, el país más bello del mundo.