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    27.02.2014

    Grunge, Metal, Punk y vino en caja

    punkis

    Se podría decir que aquello que conocemos en la actualidad por festivales de bandas en Valdivia, ha evolucionado muchísimo en los últimos años. Desde un tiempo a esta parte, hemos podido disfrutar de iniciativas de alto nivel como Marea Rock, las MMI, una infinidad de tocatas de diversos estilos y recientemente la incorporación de Taiel a la parrilla de actividades que convocan no sólo a bandas locales, sino reconocidas a nivel nacional, con un despliegue técnico que nada tiene que envidiar a los grandes escenarios.

    Con un dejo de envidia sana, si es que eso realmente pudiera llegar a existir, considero que los jovencitos valdivianos de hoy en día, son bastante suertudos al tener tales alternativas para asistir a conciertos en nuestra ciudad, ya que hace quince años o más la escena musical en este pueblo se parecía más a Eerie Indiana que a Woodstock precisamente.

    La primera vez que fui a Yankeelandia tenía catorce años. Recuerdo perfectamente que salí, como de costumbre, sin avisar donde iba. Había quedado de juntarme con un amigo y con él iríamos a buscar a la niñita que le gustaba para invitarla también. Fuimos desde El Regional a La Teja, caminando, porque no teníamos plata para la micro y debíamos aún pasar a la Yungay. Mi amigo estaba algo nervioso, porque su amada vivía en compañía de su madre y abuela, dos señoras de verdad siniestras, que no le permitían hacer prácticamente nada. Yo, como buena y leal amiga me ofrecí entonces para pedir el permiso correspondiente y me lancé a tocar la puerta. Las dos señoras al verme, tal vez agraciada en mi redondez infantil, pero con una ropa que parecía sacada del armario de Tim Burton y el pelo morado que caía largo e indecente sobre mis hombros, nada más al verme volvieron a cerrar la puerta en mi cara, horrorizadas al oír que semejante monstruo preguntaba por su dulce pequeñita.

    Mi amigo y yo caminamos derrotados, cruzando nuevamente el puente, dirigiéndonos a Miraflores, haciendo la parada correspondiente en la botillería. Compramos puchos y vino del mejor, o sea, del más malo. El cielo amenazaba con lluvia de proporciones, por ello emprendimos la marcha en forma acelerada hacia Yankeelandia, que comenzaba temprano. Al llegar nos encontramos con el resto de los muchachos, poco a poco nos fuimos olvidando del mal rato y la música comenzó.

    Durante horas volaron cajas de vino por el aire, también las patadas y empujones mal intencionados que le propinábamos a los punkies “accidentalmente” cuando se infiltraban mientras tocaba alguna banda de metal. Abundaron los acoples de audio, las idas a pique del sonido y el total despiste de los músicos aficionados. A pesar de eso, bailábamos y saltábamos como monos enajenados, gritándole nuestros rebuscados pedidos musicales a la banda de turno.

    La oferta musical era variada y a pesar de las peleas infantiles, a raíz de la diversidad de gustos y estilos, terminábamos pasándonos el copete unos a otros, hasta que no quedaba una gota. Llovía a cántaros pero la actividad de no se suspendía, cuando las luces se apagaban volvíamos a casa, borrachos y alegres.