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    28.03.2014

    El Gran Hotel

    hotel valdivia

    Una fachada imponente, pero de aspecto apacible, perfecta comunión entre cemento, piedra y vegetación. El cielo azul con matices rosados, una cálida brisa de verano y la elegante imagen de mi Valdivia hace veinte años. El césped verde y bien cuidado, siempre húmedo y oliendo a tierra fresca, el sol colándose entre la espesa vegetación y la luz de las estrellas haciendo gala en la noche a orillas del río. Aquella postal quedó grabada para siempre en la retina de quienes tuvimos la suerte de conocer ese edificio.
    La primera vez que fui al Hotel Pedro de Valdivia, fue también la primera vez que me emborraché en mi vida. Tenía dos años y mi madre me llevó al matrimonio de su hermano menor. Entre la locura de los invitados y el ir y venir de los garzones, mi mamá se distrajo para conversar y al perderme de vista por un instante, fue advertida por uno de sus amigos. Yo, en mi inocencia y endemoniada curiosidad, me acerqué a una llamativa bandeja llena de vasitos de colores que, para mi pesar, contenían variados licores dulces que no dudé en probar apresuradamente para que no me sorprendieran. Cuando mi madre llegó a buscarme, yo estaba risueña y sonrojada, balbuceando más de lo habitual. No alcancé a intoxicarme esa vez, pero reconozco que con los años fui perfeccionando aquel ejercicio de embriagarme.
    Por supuesto yo no recuerdo nada y esto es una historia recurrente en mi anecdotario familiar, pero da cuenta de que todo valdiviano tuvo algún vínculo con ese espacio. Famosas eran las partidas de cacho en el bar y los excelentes tragos que ahí se preparaban, también la buena mesa y la excelente atención del personal. La piscina del hotel y los columpios ubicados en la parte posterior servían de entretención para niños y grandes en tardes de verano, la tranquilidad que se respiraba en esos jardines era inigualable.
    Lo que más rescato es que el lujo no envilecía la nobleza de ese edificio, ya que a pesar de ser un lugar más bien exclusivo, era un recinto transversal, ya que no solamente lo recuerdan aquellos que vivieron momentos en su interior, sino también las personas que jamás entraron pero que reconocían en su arquitectura identidad y patrimonio valdiviano, más allá de estigmas sociales.
    En esa fisonomía coexistía también un reconocimiento de lo propio, un referente turístico y un ícono de la buena arquitectura y gran ingeniería antisísmica al ser un edificio, al igual que el Cervantes y el Prales, que sobrevivió al terremoto de 1960 y al mantenerse vigente a través de los años.
    Cuando lo demolieron a los ciudadanos nos dolió el alma, porque todos le teníamos un especial cariño a ese lugar. Así como mi tío, mucha gente se casó o celebró sus cumpleaños en ese hotel, incluso hoy en día, cuando se comparte de vez en cuando en redes sociales, la foto que acompaña a esta columna, las personas se emocionan y comentan la pena que sintieron al ver como se derrumbaba con el hotel un trozo de nuestra historia.