Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    04.04.2014

    Levántate, estás atrasada

    romy

    No tienen idea cuántas veces en mi vida he escuchado esa frase. Primero en la básica con mi abuela y mi madre alarmadas porque el furgón iba a irse sin mí. Luego, en la universidad, el despertador del celular que me permitía esas crueles “siestecitas” de cinco minutos, antes de volver a chillarme en la oreja. Yo dormía como oso a ridículos intervalos.

    Cualquier persona normal tiene recuerdos de su infancia asociadas “al colegio”, generalmente en singular, refiriéndose a un establecimiento durante toda su enseñanza. Pero mis memorias de estudiante se reducen a un popurrí de una lista interminable de establecimientos.

    De mis trabajos no puedo decir lo mismo, en todos los que he estado he durado y he sido feliz de una forma u otra, porque a pesar de errar el camino académicamente, creo que en lo laboral he hecho lo que he querido siempre.

    Hoy, más que hablar del trabajo en sí, quisiera hablar del día a día y de cómo nos enfrentamos los valdivianos, secreta e inconscientemente, al dirigirnos a nuestros trabajos bajo una misma premisa: Tratar de salvar la mañana. Es un alivio que no me ocurra seguido, pero me ha pasado.

    A algunos, abiertamente, nos da lata mentir, yo por ejemplo digo: “perdón, me quedé dormida” y ahí se acaba el problema. Igual hago todo lo que me toca, sólo que más acelerada. Pero existen otros que empiezan el día mintiendo y de mal genio, es ahí donde quisiera detenerme precisamente.

    Cada vez que nos aventuramos a abordar a alguien por motivos laborales o para hacer un trámite, estamos expuestos al humor de la persona que nos atenderá. Es así, como muchas veces nos contestan pésimo el teléfono, nos tiran la puerta en la cara o no falta el chistoso que agarra el ascensor (sobre todo en la Muni) y parte sólo hasta el cuarto piso, con lo difícil que es pillarlo de vuelta.

    Existen también engendros que no contestan los correos y desarrollan tal desfachatez que al otro día, o incluso, durante la misma mañana te escriben o te llaman pidiéndote un favor, nada que ver con el correo que tu les enviaste. A esos también les gusta decir que “el mail no le llegó” o que “se les cayó el sistema”.

    Hay otros que te tratan de sacar el máximo de información, se hacen tus amigos, se desgastan en un afán ridículo por hacerte creer que son buenas personas, como si uno fuera estúpida. Te tratan de estrujar sin retribuirte un ápice. Están también aquellos que consiguen las cosas por lástima, campeones para pedir favores que te avisan en el preciso instante en que estás tapado de pega que están a punto de perder el puesto si no los ayudas. Así, transcurren mis mañanas y las de muchos, jugando un póker silencioso y sometiéndonos abnegadamente a la rueda de infortunios que ofrece la vida laboral. Mi consejo para estos casos es muy claro: no hay nada que hacer para combatir a la fauna valdiviana. Acéptela, tolérela y no la condene, yo a porrazos aprendí que se trata de gente que lleva levantándose tarde hace mucho tiempo.