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    14.04.2014

    La Pan con Ají

    aji

    Tenía ocho años cuando leí por primera vez un cartel que decía “Cerrado por Duelo” en la puerta de un local de comida famoso por vender pan con ají, cerca del Instituto Salesiano. De hecho, le decían “La Pan con Ají” a la señora que vendía los famosos tentempiés. Iba de la mano de mi abuela, que en ese entonces caminaba muy rápido. Ella en su afán corrector y educativo, me tironeaba suave pero firme para que me apurara, increpándome siempre a estar atenta y no andar “pajareando”. Pero contra la naturaleza no hay mucho que hacer, cuando una nace pajarona se tiene que asumir más temprano que tarde y aprender a vivir con eso, además fue por ese despiste que reparé en aquella frase un tanto extraña para la mente de un niño, que pendía de la puerta del negocio.

    Desde pequeña siempre fui corta de vista y callada, incluso para ver la tele tenía que acercarme a una distancia ridículamente próxima para poder entender lo que aparecía. No obstante, recuerdo perfectamente haber leído el aviso, escrito a mano sobre una hoja de cuaderno, con caligrafía apresurada y haberme quedado pensando cosas increíbles.

    Lo primero que imaginé fue que en ese lugar, como en las cantinas del lejano Oeste, había ocurrido una gran pelea o duelo entre el Sheriff y un forajido y que por eso el interior del local resultó dañado seriamente, teniendo que cerrarlo para posteriores reparaciones.
    También se me ocurrió que dos hombres profundamente borrachos, se habían trenzado a golpes a pito de nada o que, sin el más mínimo atisbo de conciencia de la relación espacio – tiempo, dos caballeros de guantes blancos se habían primero abofeteado para posteriormente batirse a duelo. Ese último recuerdo surgió por una caricatura de Buggs Bunny y Elmer Gruñón, que por ese entonces era mi personaje favorito y alimentaba la mayor parte de mis fantasías infantiles, con sus curiosas imágenes de la historia alteradas por la psicopática cosmovisión de un conejo demente.

    Cuando llegué a mi casa ese día le conté a mi mamá que había visto un letrero curioso en mi caminata con la abuela y ella no demoró en lanzar una carcajada, para luego explicarme lo que en realidad significaba esa frase.

    Más allá de lo famosos que eran los pancitos con ají que comían los muchachitos de colegio de curas y más de algún trasnochado, pienso en lo inocentes que éramos los niños en esa época. Situaciones como aquella eran habituales en mi día a día y debo tener un nutrido listado de episodios tragicómicos y estúpidos similares a ese.

    La curiosidad es una cualidad que me ha acompañado siempre, por eso hasta hoy me pregunto quién se habrá muerto ese día y por qué el idioma castellano es a veces tan raro.