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    21.04.2014

    Un feriado cualquiera

    valdivia
    (Por Romy Valenta)

    Las mujeres tenemos esa extraña costumbre de pintarnos las uñas a veces. Yo por mi parte, considero que es una lata convertirse en esclava de la apariencia. Mi vestir es sencillo y no tengo mayor vanidad que un buen cepillado de dientes después de cada comida. Por eso jamás me pinto y porque además, no tengo idea cómo se hace sin embetunarse los dedos de esmalte, cuando se trata de las uñas o parecer un payaso forajido si ya la faena involucra toda la cara.

    Abril en Valdivia se caracteriza por sus fríos días grises y los feriados por esa triste postal del centro desierto cubierto de otoño. El panorama ofrece uno que otro local abierto, que ante la falta de clientela, todo el mundo que pasa por ahí, incluido el personal que desfallece adentro, piensa en que fue un error abrir ese día.

    Las hojas cubren las calles y la gente camina lento, como si el clima los absorbiera y los convirtiera en espectros azules que se evaporan con el viento. Cuando deambulo en ese escenario pienso que vendría bien que de la nada se desplegaran parlantes gigantes en cada rincón de la plaza y alguien tuviera la providencial ocurrencia de poner un disco de Opeth.

    Visitar a un familiar en el hospital en un día así, hace que el dolor se vuelva confuso y que la mente divague hacia lugares recónditos. Uno termina sacando conclusiones absurdas o remontando la memoria diez o quince años atrás, hasta que los ojos duelen de tanto recordar.

    Iba divagando cuando justo pasé por afuera de una farmacia que estaba abierta y vi un quitaesmalte que estaba en oferta. Entré y lo compré a pesar de que probablemente no lo use jamás. En la radio sonaba una canción de Héroes del Silencio y la cabeza se me volvió a sacudir. Me quedé un rato revisando frascos y botellas de colonia hasta que la canción acabó y comenzó a sonar otra de la misma banda. Me di cuenta que aquello era un disco y alguno de los dependientes de seguro era un fan.

    Detrás del mostrador había un hombrecito delgado y de anteojos disfrutando discretamente de la música y me preguntó si necesitaba algo más. Cruzamos un par de palabras sobre los Héroes del Silencio y me dijo que siempre los ponían “cuando no había mucha gente”. Yo le conté que una vez, hace ya varios años, fui a Zaragoza donde hay -o había- un bar que se llama “La Estación del Silencio”, que pertenece a miembros de la banda y está decorado con artículos que usaban en sus giras.

    Pagué y me fui. El hombre se quedó detrás de su mostrador con la farmacia vacía, yo me alejé con el quitaesmalte en mi bolsillo. Salí a perderme en ese fulgor blanquecino y amargo que vuelve el corazón de piedra, esa energía rara que viene del cielo cuando está a punto de llover en ésta ciudad saturada de luz y melancolía.