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    19.05.2014

    Valdivia, ciudad saludable

    valdi
    (Por Romy Valenta)

    Es común oír que los capitalinos se refieran a nosotros -la gente del sur- como personas hospitalarias, amables y saludables. A pesar de la alharaca que se ha hecho últimamente respecto al uso de leña como método de calefacción, el aire aún es respirable y al andar por la calle nos vemos felices y bien alimentaditos, de tanta cazuela y exquisiteces varias que se dan en esta zona.

    Si bien gozamos de una admirable resistencia que hemos desarrollado a los resfríos, los cuales abundan en estas latitudes todo el año sin sacarnos de nuestras actividades, aquello de “saludable” me queda dando vueltas. No me convence.

    Y claro, si salimos a dar una vuelta por el centro de Valdivia, podemos ver que en dos cuadras hay diez farmacias y en cada supermercado también hay una. ¿No será mucho?

    Lo más triste de todo es que siempre están llenas y la gente sale con bolsas repletas de cosas, porque todo te lo venden en packs ridículamente grandes. Yo me pregunto si realmente necesitarán tanto shampoo y bálsamo o seré yo que me estoy quedando pelada.

    Y tampoco creo que seamos sanos si hablamos de salud mental, porque las crisis de pánico, los ataques de angustia, la depresión y todos esos males de la modernidad que hace diez años eran atribuibles casi exclusivamente a las ciudades grandes, han llegado a Valdivia para instalarse. Por eso la calle está llena de conductores histéricos, de señoras mañosas, de niños odiosos y adolescentes maleducados.

    Esa gente es la misma que termina atiborrando farmacias, buscando la pastillita de la felicidad. Luego salen a la calle y en vez de disfrutar del otoño y el temporal que lava hasta la pena más negra, flotan en un líquido artificial de estupidez y apatía producido por los fármacos que consumen a diario. Estamos hablando de hombres, mujeres y niños dopados, de una ciudad completa que funciona drogada y sin alma. Y las farmacias seguirán vendiendo felicidad en sobres de veinte comprimidos, mientras la chispa se apaga de nuestros ojos.

    No estoy en condiciones de garantizarles la dicha eterna, pero si puedo decirles ¡DESPIERTEN! porque la gente de mi ciudad me preocupa y espero que este sitio sea un mejor lugar para todos.