Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    27.05.2014

    Aquello que no queremos ver

    Luis Santibañez Asenjo
    (Por Romy Valenta)

    Hace algunos días salí de mi casa para comprar pan y algunas cosas que faltaban en la despensa. Me costó levantarme, afuera arreciaba un temporal tremendo y mi casa estaba calentita. Eran cerca de las 18:00 hrs. y la estufa leña había funcionado todo el día.

    Cuando estaba a punto de llegar al supermercado, divisé a tres amigables borrachines que se divertían lanzando piropos y bromas a quien pasara. La calle estaba desierta, los dardos no tardaron en llegarme. Muchas veces es molesto para una mujer ser abordada en este tipo de situaciones, pero debo reconocer que los tipos eran respetuosos y no me provocaron el más mínimo rechazo.

    Al acercarme reparé en la poca ropa que vestían aquellos hombres, ninguno tenía una chaqueta adecuada para la lluvia o el frío. El que me habló sonriente y galán no llevaba zapatos. Pasé en frente de ellos y me adentré en el supermercado, pero mientras subía la escalera escuché que uno decía afligido : “Tengo hambre”.

    Salí con dos bolsas, cargando pan y algunas cosas básicas. Debo reconocer que compré más pan de lo habitual esperando encontrarme a los muchachos afuera, pero ya se habían ido. En su lugar, había una anciana empapada, sentada en los peldaños de la escalera que pedía limosna con un vasito de cartón. Su mirada y la mía se cruzaron, el rostro de la mujer mostraba una desilusión sobrecogedora.

    Caminando de regreso, me encontré con una gordita que vende parches curita en Picarte, pero su expresión era diferente. Con un rostro amigable y agraciado me decía: “Chiquilla guapa, cómprame un parche curita, nunca están demás”. Le sonreí y me sonrió de vuelta. Su entusiasmo entibiaba el corazón.

    No pretendo reprochar, ni entristecer a nadie con mi relato. Sólo les pido que al salir a la calle reparemos en aquellos compatriotas que viven y padecen la pobreza. No pido que extendamos la mano en cada esquina, que donen parte de sus sueldos o que se sientan miserables por tener más. Pero si que valoremos y respetemos al prójimo que sufre y seamos capaces de cruzar una palabra con ellos y regalar un gesto amable, eso no cuesta nada.