Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    30.06.2014

    Mañana será otro día

    Brasil vs Chile

    Salir a pasear tipo siete de la tarde por Valdivia, cerca de despedir junio, es un panorama bastante atractivo, sobre todo si no llueve y es fin de semana. El frío mantiene a la gente recluida en sus hogares, las chimeneas porfiadas humean llenando el ambiente de una extraña y espesa neblina, tóxica, soporífera, que no deja ver más allá de tu nariz, haciendo que te piquen ojos y garganta.

    Si a eso le sumamos que hoy jugó Chile contra Brasil un partido decisivo en el mundial, quedando eliminado, la soledad es aún mayor y más profunda, porque se siente y se resiente en el alma. En el aire flotan todavía la energía de la gente que vibró hace tan sólo unos días con los triunfos de la selección. También parecen suspendidos en el tiempo, los himnos que se cantaron cuando clasificamos y luego cuando le ganamos a Australia y a España, haciendo reventar los estadios con la voz de una hinchada poseída por el patriotismo.

    En la calle no había nadie, tan sólo uno que otro perro buscaba refugio para la noche gélida que se avecinaba. Yo entre bocanadas de aire denso y ahumado comencé a recordar ocasiones similares, cuando la ciudad se había visto envuelta en esta misma nostalgia y sensación de orgullo arañado que provocan las derrotas dignas. Pero no recordé algo similar, el color de esta imagen era otro.

    Así, envuelta en esa confusión, me desplacé por la ciudad y pensé en la infancia y en cuántos días de invierno como este me ha tocado vivir, pisando este mismo suelo. Y con eso me pregunté también qué es lo que me mantiene imantada a esta tierra. Por qué nunca me fui, a pesar de haber podido, por qué nunca quise abandonar esta ciudad extraña, que se recogía antes mis ojos como un espectro. La insolencia de la noche terminaba por cubrir el cielo de tintes negros y el río se respiraba cerca del centro impregnado de efluvios marinos.

    ¿Qué sentimiento me invadía? Mi cabeza era un canal por donde atravesaban señales pasajeras, tangibles y casi sonoras. Recuerdos fugaces, de infancia vivida y respirada a través de este mismo aire austral. ¿Dónde estaba la gente? ¿Cuántos han desaparecido en el último tiempo? Valdivia me succionaba la vida lentamente en un beso de muerte. La catedral hacía sonar sus campanas y al cesar seguían redoblando en mi cabeza. ¿Por qué había salido? Traté de recordar pero era inútil, olvidé lo que buscaba cuando la puerta se cerró tras de mí.