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    07.07.2014

    Memoria de elefante

    Elefante

    La gente me pregunta a veces si me quedo sin tema para escribir y yo les respondo que el día que eso ocurra, mejor me dedico a otra cosa. Aunque mentiría si dijera que no me gustaría por ejemplo tener un carrito de comida de algún lugar exótico y salir por la ciudad regando una sabrosa y picante estela de aromas desconocidos, para luego detenerme en una esquina y ofrecer deliciosos bocadillos inmersos en una extraña e indescifrable preparación. Pero para eso tendría que aprender a cocinar, por eso prefiero pasar por el momento.

    Volviendo al asunto de los temas que inspiran estas columnas y el infinito anecdotario que adorna mi mente, debo decir que recuerdo un sinfín de sucesos que me han sucedido y que le han ocurrido a otras personas, quienes en una generosidad sin igual, me han confiado a modo de secreto o de mera vivencia un trocito de su existencia. Gracias a mi memoria de elefante, heredada de mi adorada abuela, es que recuerdo y retengo pasajes de la historia propia y ajena. Por eso, piénselo dos veces antes de contarme algo, no vaya a aparecer un día publicado en este sitio.

    Recuerdo de mi infancia haber estado jugando en la plazuela de calle Aníbal Pinto, un día de primavera, creo que era noviembre y yo habré tenido unos cuatro o cinco años. Mi mamá leía un libro sentada en una banca, observándome a ratos. No se veía más gente que nosotros, tampoco autos corriendo en ninguna dirección, a pesar de ser un punto muy concurrido. De pronto, un hombre apareció en la escena y se detuvo a mirarme fijamente, justo desde una esquina de la plaza. A los pocos segundos estaba en la otra punta y así recorrió, en fracción de segundos, los cuatro puntos de la extensa plaza en menos de un minuto. El se movió tan rápido como un pájaro, yo no le quité los ojos de encima. No contento con eso, el personaje repitió la operación muchas veces, sin que mi mamá se diera cuenta al principio, pero recuerdo que ella se inquietó al comprobar la extrañeza de aquel cuadro y me fue a buscar para irnos. El hombre jamás se nos acercó, siempre se movió en las cuatro esquinas. Mi madre no se acuerda de aquello, pero yo, más de veinticinco años después, lo sigo recordando.