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    21.07.2014

    Dulces Alemanes

    calugon

    Me acuerdo cuando empecé a andar sola en micro, por séptimo u octavo básico. No lo hice antes porque siempre fui enfermiza y sobreprotegida, hasta que me aburrí del exceso de abrigo y los odiosos furgones escolares.

    Esa siutiquería que tienen los valdivianos, que se creen alemanes siempre me llamó la atención. Tanto, que al estar en el colegio alemán, siempre paraba la oreja cuando hablaban esas señoras teñidas de rubio platinado, que hablaban tres palabras en alemán y el resto en español.

    En esas primeras andanzas, esperando locomoción en calle Arauco, mi destino se cruzó con el de un curioso personaje que justamente vi hace poco por casualidad, cuando me encontraba en un servicio público haciendo la fila como cualquier persona. Lo reconocí inmediatamente, pero mi asombro fue grande al sacar las cuentas y comprobar que llevaba más de quince años sin verlo, no obstante el tipo no ha cambiado nada.

    En esa época el pasaje escolar de la micro costaba $55 y yo tenía la manía de juntar el dinero exacto en monedas de $10 y $5. Un día, mientras esperaba un bus 4 o 5 para dirigirme al regional, una multitud de liceanos pasaron a empujarme y mis monedas rodaron por el suelo. Al agacharme para recogerlas, mi vista quedó a la altura de dos rodillas desnudas, gruesas y rosadas, que remataban en unos curiosos zapatos con hebilla.

    El atuendo no mejoraba al levantar la mirada, inmediatamente seguía una enorme panza con suspensores, una camisa manga corta y un sobrero tirolés, adornado con plumas y una especie de condecoraciones metálicas. Sin embargo, el rostro del hombre era amable y me ayudó a recoger mis monedas.
    Muy torpe y sorprendida, le di las gracias apenas y el tipo siguió su camino pregonando un curioso producto que ofrecía para la venta con el siguiente grito: “Durce alemane, durce alemane”. Dulces alemanes…

    Lo más extraño de todo, es que no llevaba ninguna caja o bolsa con él, así que lo seguí y le pregunté cuáles eran los dulces y el hombre extrajo de su bolsillo unos calugones Pelayo, medios derretidos, sin envoltorio y para nada apetitosos.
    Así pasaron los días y lo veía siempre en el paradero, vendiendo sus famosos dulces, pero un día desapareció del mapa, hasta hace algunos días. Sospecho que debido al triunfo de Alemania frente a Brasil, el teutón salió con todo su atavío, orgulloso del poderío alemán a lucirse como un pavo real con su disfraz de gringo. Lo vi y estaba igual que hace quince años.