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    12.08.2014

    Amigos del alma

    valdi

    La ciudad de Valdivia siempre se ha caracterizado por su belleza natural, el río, el mar, la selva húmeda, los cisnes de cuello negro (que ya quedan pocos), la buena cerveza y su aire puro que cada año va tornándose más turbio. Pero también es un lugar en extremo lluvioso y bastante frío la mayor parte del año, lo cual impide el crecimiento de ciertas plantas tropicales, que nos gustaría tener en abundancia.

    Es una constante para los sureños en general, el tema de la escasez y los altos precios que suele alcanzar la marihuana natural, debido a las condiciones climáticas que impiden su producción al aire libre y a los riesgos de traerla desde el norte. No es fácil ser aficionado a la hierba en lugares como Valdivia y su obtención suele estar ligada la mayoría de las veces a episodios confusos donde los que buscan generalmente encuentran, pero pagando precios altísimos y arriesgando un arresto, o lo más afortunados, una pateadura en algún callejón oscuro de una población periférica. La cantidad de anécdotas que me han contado a lo largo de los años en relación al consumo de marihuana en la perla del sur da para escribir un libro, pero si tuviera que elegir alguna, me quedaría con ésta. Va en primera persona, pero eso no significa que me haya pasado a mí, usted piense lo que quiera.

    Una vez, me junté con unos amigos que no veía hace mucho tiempo, ellos habían traído un tipo de marihuana bien fuerte del norte. La reunión estuvo cargada de recuerdos, tallas y una cantidad descomunal de cerveza y hierba, ideales para acompañar la calurosa tarde en el balcón de un décimo piso.

    Fumamos hasta que se hizo de noche y cuando estábamos a punto de ir a un local a seguir el carrete, alguien sacó un pito perfectamente armado, hasta con filtro, de una cigarrera metálica muy bonita, que me encandiló cuando el reflejo del sol que a esa hora comenzaba a morir, rebotó por un instante en la cubierta.

    Pasaron no más de cinco minutos y me borré, la sensación fue indescriptible, pero podría decir que era como estar flotando en el universo, recibiendo anestesia endovenosa y luego venían ataques de risa, que se apagaban para volver a un silencio sepulcral. Después de eso tengo episodios totalmente perdidos y trozos de cinta en blanco, pero lo más espeluznante fue al salir a la calle para emprender rumbo a un bar. Caminábamos en grupo, todos bajo los efectos del pito mutante que fumamos antes de salir, algunos iban tratando de no caerse, otros totalmente mudos avanzaban con la mirada perdida como entes sin alma. Yo iba concentrado para que no me atropellaran, mirando a mi alrededor, bastante paranoico.

    En una de mis inspecciones alrededor, comprobé que unos pasos más allá, había un hombre extraño apoyado en un paradero que nos miraba fijamente. El tipo llevaba zapatillas blancas de gimnasia, era delgado con un rostro rígido y parecía estar al asecho, sin quitar la mano del bolsillo de su chaqueta. Con cada paso que dábamos me ponía más nervioso, al ver que nos íbamos acercando al tipo del cual ya me era imposible apartar la vista.

    Comencé a sudar y las palpitaciones de mi corazón se hicieron cada vez más intensas, hasta que estuvimos frente a frente. El hombre me clavó los ojos y haciendo un movimiento brusco, se abalanzó sobre nosotros como un tigre tratando de cazar la gacela más desprevenida de la manada.

    Lo único que hice fue lanzar un grito desesperado y comenzar a correr, lo que hicieron también mis amigos cuando vieron el enorme cuchillo que blandía en su mano derecha.

    El loco nos persiguió por cuadras y corrimos despavoridos, cruzando varios semáforos en rojo, esquivando autos y micros que nos lanzaban bocinazos furiosos. Estábamos aterrorizados, pero lo peor es que también estábamos tan muertos de risa que la gente que nos veía pasar pensaba que era una especie de broma y nadie nos prestaba verdadera atención. Llevaba un gran trecho recorrido, cuando se me ocurrió mirar para atrás, el tipo ya no nos perseguía y mis amigos no estaban por ningún lado, todos habían arrancado en distintas direcciones. Estuve dando vueltas hasta que se me pasara el susto (y el efecto) hasta que volví a la casa donde me estaba quedando. Cuando volví todos se reían, incluso algunos del grupo dijeron que jamás vieron al loco del cuchillo realmente y que sólo corrieron por seguirme la corriente.